TA-MOKO: El arte ancestral del tatuaje Maori
En 1769 el capitán inglés James Cook, avezado marino al servicio de la corona británica desembarcaba en las costas de Nueva Zelanda tras un épico viaje a bordo del Endeavour, el compacto navío con el que surcaría los mares del Pacífi co Sur y que lo conduciría de manera sistemática hacia el encuentro con una nueva y exótica cultura humana: el pueblo maorí.
No poco asombro debió experimentar Cook y su tripulación ante la inusitada belleza de esta delirante geografía que se revelaba ante sus ojos como una ensoñación narcótica. Ni siquiera fueron los increíbles paisajes o las extrañas y enormes aves que poblaban la majestuosa isla lo que más conmovía la sensibilidad del veterano navegante; su mayor fascinación provenía de las bellas y refinadas formas simétricas que los maoríes dibujaban sobre sus rostros y cuerpospara establecer el rango jerárquico al que pertenecían dentro del clan. Las indelebles y refinadas espirales conferían un aspecto aguerrido a los hombres y los hacían especialmente atractivos al sexo opuesto. La práctica ancestral del tatuaje maorí o Ta-moko es el reflejo del profundo significado espiritual que la cosmogonía polinesia alberga. Para los maoríes, el universo se compone de doce cielos en los que habitan sus diversos dioses, solo el dios supremo quien no tiene principio ni fin puede pasar de un cielo a otro, él habita el primer cielo o tikitiki y a los mortales solo les está permitido habitar en papa-tua-nuku, es decir la tierra bajo el doceavo cielo o rangi nui el cielo que conocemos. Con cada tatuaje en la piel, los maoríes relataban sus victorias y proezas, y marcaban la edad y el paso del tiempo, era también su forma de esquivar y burlar a la muerte y honrar a sus dioses. Un rostro tatuado confería no solo status sino fuerza y valor para enfrentar la vida.
Para los complejos y detallados diseños del ta-moko maorí se utilizaba una especie de fino cincel hecho de huesos de albatros, el cual permitía hacer ligeras incisiones en la piel para lograr que el pigmento obtenido a partir del hollín resultante de la quema del pino blanco o kahikatea y la mezcla de una resina natural penetrara en los perfectos surcos hechos por un tohunga ta moko o tatuador. Al sanar, las incisiones dejaban cicatrices y le otorgaban un efecto de relieve al tatuaje lo que aumentaba su valor estético. Esta práctica milenaria ha desaparecido casi por completo por obvias razones de asepsia y ante la incursión de la máquina tatuadora. Lo que si continua vigente es el valor simbólico para quien decide esculpir un diseño maorí sobre su piel, no se trata solo de asumir el tatuaje como una moda efímera, sino que cada rasgo, cada trazo debe representar una cualidad espiritual particular.
El dolor físico en el tatuaje puede considerarse como una puerta de entrada al autoconocimiento pues involucra una decisión para toda la vida, la representación gráfica de un diseño maorí y la piel como lienzo sobre el cual plasmarlo implica un acto valeroso de identidad que no solo debe considerarse como una mera transgresión cultural sino fundamentalmente como una forma de representación de nuestra relación con la vida. Los antiguos maoríes confirieron un significado especial al arte sobre la piel, literatura hecha tinta y sangre sobre la carne para relatar actos heroicos, batallas ganadas o pruebas superadas. Hoy en día cuando nuestro cuerpo es el lugar de significación por excelencia, el objeto de nuestros deseos y ahnelos, el tatuaje continúa siendo la mejor expresión para narrar nuestras hazañas cotidianas. Por eso es bueno recordar las palabras de un destacado etnógrafo francés llamado Michel Leiris quien afirmó que solo un puritano no estaría de acuerdo, al no ver en el cuerpo más que materia bruta y un despreciable magma de vísceras, en vez de un misterioso teatro, el escenario para todo tipo de intercambios –de materia, de pensamientos o de sensaciones- entre el mundo interior y el mundo exterior.
En la actualidad las tribus maoríes existentes en Nueva Zelanda y las islas de la polinesia perpetuán el tatuaje como una valiosa herencia de su pasado, la técnica de cincelar manualmente está totalmente perdida pero los diseños propios de esta cultura se mantienen vigentes en todas las latitudes del planeta. Quien porte un tatuaje maorí sobre su piel esta perpetuando el noble espíritu de una cultura ancestral y milenaria que hoy lucha por no desaparecer en el olvido.
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