A través de la evolución humana, hemos tenido la gracia de pensar, amar, soñar, crear, construir, deconstruir, inventar y reinventar un número indeterminados de vicisitudes humanas, hemos tenido la gracia de palpar éstas y otras acciones alejadas de condiciones, a las que podríamos llamar, naturalmente humanas.

Deambulamos en la delgada línea de aquello que se supone es natural y lo que está permeado por la cultura, incluso en casos más auténticos por el sin sabor mental que expresa un… “¿Podría ser diferente?”

Pareciera que la evolución se encontrará sumida en nuestro ADN como una amalgama que revoluciona cualquier clase de brecha ideológica con la que se suele marcar la esencia vital ya sea por economía, control social, beneficio individual o colectivo y/o incluso diversión. Muchas de las prácticas que hoy acogemos como nuestras, no son más que una evolución de una práctica o idea anterior y recurrentemente olvidadas en la historia.

bondage
FOTO: Garth Knight

El arte de las cuerdas es un ejemplo, de los muchos que podemos encontrar de evolución de una práctica a otra. Originalmente japonesa, es situada a finales del período Edo (1603 – 1868), en donde los samuráis aprendieron a inmovilizar a sus enemigos por medio de laboriosos nudos a los cuales se les llamaba encordamientos, además de imposibilitar el movimiento, otro de sus objetivos era la tortura.

Adicionalmente, esta forma de apresamiento y tortura sólo podía ser enseñada e impartida por un samurái.

Como podemos ver, una práctica que en su origen fue acción propia de la guerra, ha evolucionado de tal manera que hoy la conocemos como una práctica sexual erótica. En este punto, se podría pensar en un tema para una próxima publicación en donde nos podamos interrogar acerca del sexo y la guerra.

Ahora ya sabemos cuál fue el punto de partida del bondage o Shibari (pues esta diferencia no se establece con exactitud) en Oriente, sin embargo, en Occidente esta práctica se empezó a visualizar en la posguerra, como muchos fenómenos sociales en los que hoy estamos inmersos.

Para hablar de bondage es necesario hacer referencia al BDSM en Occidente. En 1950 (posguerra) los veteranos americanos comenzaron a formar clubes de motoristas, la llamada edad de cuero, con connotaciones homosexuales y sado-masoquistas; sin embargo, la fecha más indicada en donde aparecen por primera vez las siglas BDSM, es durante la primavera de 1918 en la revista “Londoño life”, en 1946 se realizó la primera publicación sobre bondage, dominación y fetichismo en la revista “Bizarre” y, como último dato histórico de occidente, en 1951 se fundó el primer local sado-masoquista llamado “Shaws” en Nueva York.

Estos, sumados a otros hechos históricos, han deconstruido (en mi opinión) el erotismo en un mundo guiado por un paradigma donde todo es pecado, para dar paso a una nueva era erótica en la humanidad.

Ésta, a la que yo llamo “nueva era erótica”, no es más que un afán por producir la verdad del sexo; en palabras de M. Foucault, un desarrollo de la Ars Erotica, pues hasta el momento y aún en este instante, la producción de la verdad en Occidente es a partir de la Scienta Sexualis; sin embargo, nos ocuparemos sólo del Ars Erotica que es lo que nos compete en este texto.

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En el Ars Erotica la verdad se extrae del placer mismo, tomado como práctica y reunido como experiencia, esta forma de producción de verdad es propia de China, Japón, India y sociedades árabo-musulmanas. La producción de la verdad no es relevante en tanto el razonamiento o la norma, sino que es más orgánica; es la sensación misma, la experiencia y la emoción lo que permite una producción que emana de la esencia misma del ser humano; algunos otros dirán que estas prácticas permiten manosear la mente animal que cada individuo guarda en su cripta construida de normas socio-culturales, que no nombro como erróneas y que por esto no dejan de ser un control social.

En resumen, las prácticas como el BONDAGE han evolucionado de tal manera que en el momento pueden verse como un medio por el cual se explora una sexualidad alternativa y al mismo tiempo permiten canalizar esa energía, porque no, perversa que se guarda en nuestro ser.

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