Yo también recibí esos primeros frascos de 30 pastillas, yo también pregunté cuáles serían sus efectos secundarios, yo también quise llegar corriendo a mi casa a tomar la primera dosis para frenar el virus que habitaba mi cuerpo, yo también sostuve esa pastilla en mis dedos y la contemplé por un momento antes de tragarla esa noche.

Cualquier persona puede conocer los efectos secundarios que puede o no presentar el cuerpo, pero solo quienes han empezado un tratamiento para toda la vida como lo es la terapia antirretroviral, saben que uno mismo enfrenta sentimientos encontrados con esa pastilla.

En un principio siempre las guardaba en un lugar donde no tuviera que verlas, para solo lidiar con ellas en el momento en que las fuera a tomar. No quería que por accidente alguien entrara a mi cuarto y las viera e hiciera preguntas que yo no deseaba responder.

Esta pastilla me hacía sentir enfermo, porque solo los enfermos toman medicina. Tuve noches en las que no quería y me tenía que obligar a tragarla. ¿Por qué yo?, qué marica, qué pereza, ¿por qué no me cuidé? Hubiese sido más fácil utilizar condón una noche que tomar esto el resto de mis días.

Estaba cansado de sentirme mareado, de sentirme con sueño, efectos que de por sí me hacían sentir enfermo una vez más. Estaba tomando un medicamento que me va a ayudar, pero me hacía sentir tan mal. Y sabía que estaba recargando mis riñones y mi hígado.

A unas dos de semanas salí a beber con unos amigos y me desperté con ronchas en el brazo. ¿Así iba a ser de ese momento en adelante?

Sí, yo también me hice muchas preguntas y deseé con todo mi corazón no estar en esta posición. Mi papá, en medio de su apoyo, no hacía sino comprarme vitaminas para subir mis defensas y cuidarme. Todas y cada una de ellas se las rechacé porque no quería tomar ni una sola pastilla más que me recordara que tenía una condición médica.

Pero poco iba a saber que en estas vitaminas que me compraba él, estaba la respuesta para no sentirme mal. Poco a poco empecé a ver mis ARV, no como una medicina, sino, precisamente, como una vitamina. No algo que me curaba de una enfermedad, sino algo que me daba fuerza y vida. Así como las personas toman complejo B y aminoácidos para rendir más, yo tomaba Efavirenz y Lamcavir.

Lo mejor que pude hacer, fue aprender a cargar estos tarros y tomarme las pastillas todos los días como sinónimo de que yo estaba cuidando mi salud, que yo tenía el control de mi bienestar y no el VIH, de que este medicamento me está es dando vida.

Entonces sí, puede ser harto tener que tomar un tratamiento por el resto de los días, pero si nosotros mismos aprendemos a buscarle el lado positivo, vamos a ver que se puede hacer más llevadero.

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