¡Tengo miedo y mucho!
No por el COVID19, sino por mis preexistencias médicas.

Soy Raúl Esteban Valencia Gil, un hombre de 33 años que no sabe si identificarse como bisexual o pansexual, por eso digo que soy un hombre diverso; antes de ponerme a escribir debo decir que lloré, grité, golpeé mi almohada y estuve a punto de irme al bosque a gritar; desde la muerte de mi abuela no sentía algo similar.

Anoche un aliado activista me escribió para solicitar apoyo ante una situación de un hospital con una persona que vive con VIH y estaba contagiado de COVID19, se encontraba entubada hace ya dos días, pero sin poder acceder a una UCI, pues según sus familiares el hospital no tenía entre sus prioridades otorgarle una por sus preexistencias medicas de VIH, ya era tarde y le dije que hoy a primera hora iniciaba las gestiones para ver cómo podíamos facilitar dicho proceso.

Mi noche estuvo acompañada de un porro y los pensamientos de lo que estaba vivenciando la familia de aquella persona, lo que podría sentir la persona, si estuviera consciente y supiera que su preexistencia era el causal de no ser una prioridad ante el sistema.
Vivir con VIH en un país donde aún es un tema de silencios, donde no existen tantas voces que apoyen a naturalizar un diagnóstico como éste, es realmente una gonorrea, pues solo los que hemos vivenciado alguna situación de estigma y discriminación a raíz de dicho diagnóstico sabemos lo complicado que es.

Pero vivir con VIH, ser sobreviviente de una tuberculosis multidrogoresistente y tener otras preexistencias médicas en tiempos de pandemia es realmente algo caóticamente angustiante, sobre todo, teniendo en el panorama que si llegamos a necesitar un cama nuevamente en UCI, los lineamientos éticos del ministerio y de la Academia Nacional de Medicina establecen que, en caso de limitación de recurso se debe priorizar con base a los lineamientos establecidos en la normativa de emergencia y a las recomendaciones de la Academia, y en esta misma línea según las comorbilidades no sólo de VIH sino otras y en razón a la limitación de los recursos, es muy posible que no contemos con una cama para UCI y el sistema estará actuando conforme a la ley y la ética.

Escribo desde el dolor, el miedo, la angustia y el caótico panorama que nos envuelve a los latinos y los que tenemos alguna preexistencia medica en esta pandemia.

No basta con sobrevivir a dos pandemias

Pues así me siento, he sobrevivido desde el 2005 al hecho de vivir con VIH/SIDA y desde el 2012 sobreviví una tuberculosis, que casi me cuesta mi vida y que me dejo muchas situaciones clínicas particulares.

Vivo en una ciudad de América latina, donde su Alcalde se infectó de COVID-19 y una de sus justificaciones es que quizás fue entre el tinto y tinto de sus reuniones, porque para tomar el tinto se debía retirar el tapabocas, pues es más fácil decir esto que admitir que faltó sentido común para identificar riesgos y no digo esto en tela de juicio sino para evidenciar, que ante el tema de autocuidado siempre nos faltarán algunos sentidos comunes a considerar y que contagiarnos de algo o infectarnos, no es necesariamente algo buscado sino que somos sujetos de constantes vulnerabilidades.

Pero en la actualidad habitamos una vulnerabilidad de mayor calibre en un territorio, que por fortuna ya había presenciado dos focos de contagio y que esto debería dar unos mínimos de garantía para el buen manejo de esta pandemia y garantizar con mayor fuerza derechos humanos, pero la realidad es otra, no se tiene experticia, ni garantía de derechos en territorios latinos en esta temporalidad.

Y si a esto le sumamos las angustias laborales, los distanciamientos de nuestra familia, las dificultades económicas, la abstinencia sexual y de sustancias que muchos habitamos, las charlas pesadas de las personas con las cuales haces alguna videollamada, los comentarios destructivos a lo que publicas u opinas en redes… Vivir en la actualidad es una gonorrea, sin embargo, me apoyo en mi poetisa favorita para sobrevivir en esta temporalidad.

Chantal Maillard es una mujer que admiro inmensamente, ella está enferma hace décadas y ha sufrido tragedias personales que no vienen al caso contarles. Sólo les diré que es un cuerpo de mujer sufriente. Y escribe, escribe, escribe, porque sabe que escribiendo (como respirando) todavía uno está vivo. Ella dice:

“Escribo, para que el agua envenenada pueda beberse”.

Detrás de todas las interpretaciones que se han hecho de este pequeño fragmento hay uno que es absoluta verdad: la vida hay que beberla a sorbos, tragándosela o como quieras. Pero hay que vivirla. Aunque esté envenenada.

La vida esta envenenada de preexistencias médicas, de moralismos, juicios, adversidades, miedos, poca humanidad, hambre, encierro, abstinencia, consumo, angustia y sabemos que de muchas cosas más; sin embargo, hay que beberla y hacer de ese veneno un antídoto, cómo… No sé, pero seguiré buscando…

Hoy escribo pues los que me conocen saben que es mi forma de llorar, ser, sentir y liberarme ante la angustia existencial, pues como Chantal Maillard escribiendo, como respirando todavía uno está vivo.

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