Estos últimos meses han sido marcados por una sombra que parece acecharnos sin descanso.

Las personas LGBTI hemos tenido que asistir a la penosa realidad de una masacre que nos arrebató 49 de los nuestros; a una marcha donde miles de personas se reunieron para defender su derecho a discriminarnos; y, finalmente, a un debate político que terminó consolidándose como el primer paso para permitir que una mayoría abrumante destroce los avances de una minoría históricamente marginada.

Todos los penosos eventos que mencioné comparten un común denominador: la falta de reconocimiento. Así es, lo que tuvimos que soportar en días pasados fue el grito ensordedecedor de una sociedad que se niega a reconocer las diferencias de sus asociados y la dignidad que trasciende de ellas. El asesino de Orlando fue un producto de esa sociedad: se situó en una posición moral de superioridad y decidió que las personas que sentían y eran distintas no eran merecedoras de vivir. Los manifestantes de las marchas del odio, convocadas entre otras por esas iglesias que promueven discursivamente el amor al prójimo, se movilizaron para que la niñez del país que no se ajusta a las expectativas sociales no pudiera contar con un ambiente escolar libre de discriminación. Por su parte, la senadora “liberal” Vivian Morales, junto con otro grupo de senadores, algunos homofóbicos recalcitrantes y otros oportunistas políticos, superaron el primer trámite legislativo para que las holgadas hordas de fanáticos creyentes y las bases homofóbicas de la sociedad decidan los derechos fundamentales de la minoría LGBTI en Colombia e irrespeten a las millones de familias que en Colombia no están conformadas por los lineamientos inmaculados de Carlos Alonso Lucio.

Para nadie es un secreto que Colombia es un país donde la justicia social reposa en los estantes de las utopías más lejanas e inalcanzables. El país ha permitido que las brechas sociales se hagan tan profundas y distantes que las personas no puedan ver al otro. Nos hemos acostumbrado a ser cegados por nuestros privilegios frente a una realidad social que reclama una reestructuración profunda para aliviar la precaria existencia de lxs marginadxs. Esto precisamente es el génesis de la violencia que hemos experimentado en nuestra historia: élites políticas, económicas, sociales y religiosas que negaron sistemáticamente el reconocimiento de la humanidad de trabajadores, opositores, gays, trans, mujeres, etc. y que en el mejor de los casos los relegaban a condiciones de vida vergonzosas e injustas y que en otros se limitaban a arrebatárselas.

Los mismos promotores de este referendo del odio fueron otrora víctimas de esta lógica de exclusión. La senadora Vivian Morales es miembro de una iglesia evangélica a la que su esposo Carlos Alonso Lucio, luego de las vueltas que le dio la vida y su acrobático pasado, terminó también ingresando. Estas minorías religiosas habrían continuado en un limbo jurídico existencial de no ser por los avances en el reconocimiento de sus derechos. Es entonces en estos momentos en los que me gustaría preguntarle a la senadora Morales qué habría pensado si en su momento un puñado de senadores católicos se hubieran aprovechado de las bases intolerantes de la diversidad religiosa y hubieran promovido un referendo que pusiera en peligro el especial tratamiento tributario del que hoy goza su pastor.

El momento histórico que atraviesa el país nos enfrenta al reto de reconocernos finalmente como iguales, no a pesar de nuestras diferencias sino en virtud de ellas. Pero el simple reconocimiento no es suficiente, el reconocimiento debe implicar un cuestionamiento de qué personas en nuestra sociedad están siendo olvidadas y excluidas con el fin de adoptar las medidas necesarias para su inclusión completa. El referendo que propone la senadora Morales, en lugar de perseguir estos fines, lo único que busca es invisibilizar y perseguir, no solo a las personas LGBTI, sino aquellas madres solteras que además de cargar con el peso de una sociedad sexista que no las reconoce como iguales, tendrán que cargar con el prejuicio elevado a rango constitucional que les recordará que sin un hombre no son capaces, ni idóneas, de conformar un núcleo digno de llamarse familia.

En estos tiempos en que las sombras se presentan amenazantes existen personas y organizaciones que actúan como faros de esperanza. Gracias a Claudia López, Angélica Lozano, Colombia Diversa, EgoCity, Caribe Afirmativo, Parces, Sentiido, It Get’s Better Colombia, Andrea Parra, Mauricio Albarracín, Alba Reyes, Elizabeth Castillo, Miguel Rueda, Brigitte Baptiste, Sergio Urrego (q.e.p.d), Martha Lucía Cuellar, entre muchxs otrxs. Lo único que les puedo decir es que el trabajo que han hecho ha sido tan bueno que existe una generación que gracias a ustedes está sintiendo cada vez más orgullo y menos miedo. Esa generación no se va a resignar y está en pie de lucha a su lado.

Por último sólo me resta hacerle un llamado a la senadora Morales: ¡reconozcámonos!

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