Foto: EFE

Hace dos años no habría pensado que estaría la mayor parte de mi tiempo encerrado en casa por una pandemia; hace un año dudaba de la efectividad de las movilizaciones ciudadanas debido a la cuarentena. Hoy, luego de noches en vela solo puedo pensar que cada anochecer miles de amigos, compañeros de trabajo y conocidos están en peligro por el simple hecho de ejercer su derecho a la movilización.

Las lágrimas son insuficientes para la indolencia del gobierno, que día a día promete acciones que no solucionan nada. Con una reforma a la salud que va en contra del libre acceso a este derecho fundamental, una reforma tributaria que dijeron haber retirado pero que aún mantienen radicada ante la cámara de representantes y una masacre recién cometida contra cientos de civiles en las ciudades de Cali, Armenia, Ibagué, Bogotá, Medellín y Soacha, realmente lo que menos preocupa es si tuviste o no un ataque de pánico durante el día.

Cómo activista por la noviolencia me pregunto cómo es posible que todavía permitamos la legitimidad del uso de la fuerza pública en contra de la población civil, cómo es que después de toda la historia de dictaduras en Sudamérica, aún un gobierno autorice la militarización de una ciudad entera y un «líder» con múltiples cargos por delitos de lesa humanidad tenga aún la capacidad de mover masas enardecidas para atacar población civil que está ejerciendo su derecho a la manifestación pacífica.

En Colombia ya pasamos la pregunta de quién está detrás de los desmanes, ya no interesa si sigue la dualidad entre Uribe y Petro. Ahora nos preguntamos cuántos muertos vamos a contar cuando nos despertemos.

¿Cómo estarán mis colegas que trabajan en los departamentos? ¿Cómo se sienten? ¿Cómo me siento yo?… ¿Por qué estoy otra vez llorando?

Múltiples preguntas, pero un sentimiento fuerte de impulso para seguirnos movilizando, para cambiar la situación, para tener más oportunidades, para por fin tener una respuesta de fondo desde el Estado. A la violencia desmedida respondemos con velatones, que sepan que si nos matan están matando gente inocente. Que si no nos matan nos quedaremos para denunciar la muerte de los que quedaron atrás, pero sobre todo que sepan que el paro no se acaba, que su miedo se los dejamos pintado en las calles, nos quitamos la angustia cantando arengas y nos sacudimos la desesperanza alzando banderas de paz.

Colombia para porque ya no tiene nada más qué perder, porque estamos tan acostumbrados a estar mal que realmente no hay un cambio si tenemos desabastecimiento, porque a pesar de los acuerdos de paz siguen esforzándose por hacernos vivir guerras ajenas. Por todo ello seguirá la marcha, seguirá la movilización. Porque para la vida lo damos todo, pero para la guerra no les vamos a dar nada.


EXPRESIÓN CIUDADANA

Autor: Mauricio Ramírez, hombre bisexual, activista LGBTI, comunicador educador y especialista en docencia universitaria, defensor de derechos humanos.

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