En el momento en que nos enfrentamos a un diagnóstico de VIH, una de las tantas preguntas que empiezan a rondar nuestra mente es sobre a quién contarle.

¿A mis amigos, a mi familia? Y cuando conozca alguien nuevo, ¿le tengo que decir? La verdad es que para esto no hay una respuesta clara, pero mi concepto es éste: no tienes que contarle a nadie, pero sí deberías hacerlo.

La primera persona que supo que yo era seropositivo fue mi mejor amiga, porque me acompañó por los resultados de los exámenes. Inmediatamente le escribí a otra amiga y un amigo. Al llegar a la casa le dije a mi hermano, con quien vivía, y le conté a una compañera de la universidad y mi asesor de tesis.

Después entendí que precisamente esto fue un efecto rebote al recibir esta noticia. Inconscientemente le empecé a contar a la mayor cantidad de personas, para que si alguien se iba a ir, que lo hiciera de una vez. Fue un método de defensa, fue gritar: “Sí, tengo VIH, ¿y qué?”. Por dentro quería asegurarme que no iba a estar solo en esto.

No digo que fue la manera adecuada, pero sí me sirvió para saber algo: no estaba solo. Nadie se fue. Unos me abrazaron, otros me aconsejaron y algunos me miraron con miedo. Miedo, porque al igual que yo, no sabíamos a lo que nos estábamos enfrentando. Pero con ese temor y todo, se quedaron.

Como lo explica la magister en Psicología Clínica, María Andrea Ramírez:

“Nosotros somos seres sociales, vivimos y compartimos en sociedad. Vivir conectados con los demás es gran parte de nuestro día a día, de lo que mueve nuestras emociones. Entonces el no contarle a alguien cercano, puede hacer que la persona se aísle”.

Cuando uno empieza el tratamiento con antirretrovirales -ARV- y arrancan las citas con psicólogos y trabajadores sociales, siempre te van a hacer la misma pregunta: ¿a quién le has contado? No te fuerzan a hacerlo, pero te invitan a que tomes esa decisión. Siquiera a una persona, pero no te quedes solo en este proceso.

Ramírez añade también que no hay persona específica a la que le debes contar, sino con quien te brinde esa comodidad y confianza. Puede ser uno de los padres, un hermano, tu pareja o algún amigo. Pero que alguien sepa y conforme ese círculo de apoyo.

“Estando solo se está más vulnerable y eso puede hacer que se magnifiquen las cosas y se vayan a extremos que no son necesarios. La persona empieza a pensar que se le acabó la vida, que mejor se muere de una vez, que no va a volver a salir y se va encerrar en esos pensamientos y en esos dolores que van a pesar más emocionalmente”, explica. “Al aislarse puede salir otro tipo de condiciones o trastornos. Incluso así no llegue al punto de una depresión, sí puede ocasionar síntomas y estados de tristeza, de ansiedad y de estrés”.

Además de evitar esto, van a ser personas que conocerán el tratamiento que estamos tomando y nunca está demás alguien que te pregunte cómo te has sentido, cómo te fue en la cita de control, que te recuerde que te lo tomes y que te cuides. En nuestro caso, la adherencia al medicamento es de suprema importancia y cualquier ayuda es bienvenida.

Recuerdo una vez que viajé a Cuba con mis compañeros de la universidad y a las chicas con las que compartí habitación les conté para que supieran que todas las noches yo me debía tomar unas pastillas, en caso tal de que estuviera tan borracho como para no recordarlo.

Ahora puede que sea abierto con el tema, pero yo sé qué es lo que es estar en un paseo de una finca y tomarse las pastillas a escondidas para que nadie haga preguntas. Yo sé que es levantarse sintiendo esa pesadez de los ARV y decirle a la gente que simplemente dormiste mal. Yo sé que es lo que es pedir permiso en el trabajo para ir a reclamar el medicamento y temer que a tu jefe se le debe hacer raro que cada mes tengas una cita médica.

Todas estas son situaciones no hacen sino afectarnos emocionalmente y para tener un cuerpo saludable es importante estar tranquilos. No temas contarle a alguien, que sé por experiencia que la mayoría de las personas se van a quedar ahí para acompañarte y el bien que esto te va a traer es gigante.

Esto lo puedo resumir en la reacción que tuvo mi madre cuando le conté sobre mi diagnóstico. Ella empezó a llorar y le temblaban las manos mientras prendió un cigarrillo. Le dio un par de vueltas a la cocina y después me tomó de los hombros y me dijo:

“¿Usted por qué no me dijo antes? ¿Hace cuánto fue que pasó esto? Yo pude haber estado desde el principio para que usted no viviera eso solo”

Gracias, mamá.

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