Diego es homosexual y tiene más de 40 años. Salió del closet a los 30. Antes de eso tuvo novias y dedicaba miradas libidinosas (falsas, por supuesto) a toda mujer voluptuosa que le pasaba por el frente. Era un experto fingidor. Se negaba a sí mismo a través de un discurso machista (el enclosetado suele ser homofóbico) y hacía lo que estuviera en sus manos para ejecutar acciones que reforzaran su virilidad. Pero lo cierto, me cuenta, es que internamente vivía un calvario. Su deseo sexual era como una hidra, cada vez que le amputaba una cabeza, le crecían dos. Era una lucha perdida, estaba completamente dominado.

Ese deseo, que parece fortalecerse con la represión, provocó que Diego hiciera lo que nunca hizo una vez fuera del closet: visitar saunas, turcos y jacuzzis gays, pagar masajistas con servicios extras, participar de orgías, asistir a video rooms (salas donde proyectan porno gay), etc. Claramente, los remordimientos al otro día eran de muerte. Se sentía el ser más desdichado y se prometía a sí mismo que iba a cambiar. Salir del closet no era una opción. Era mucho más fácil seguir fingiendo. El closet se convierte para muchos en zona de confort y asumir una falsa sexualidad es un estado que ha sido normalizado, no conocen otro.

Diego me contó todo esto después de que discutiéramos sobre un libro que le había recomendado: “Alexis y el tratado del inútil combate” (1929). Esta fue la primera novela de Marguerite Yourcenar y causó polémica por razones evidentes: es la extensa carta de un hombre (Alexis) a su esposa (Mónica) en la que le confiesa su homosexualidad y todo el suplicio que ha vivido tratando de reprimirlo y de cambiarlo. Alexis es la representación literaria de la lucha interna que libran muchos homosexuales; Diego se sintió plenamente identificado.

En los periodos de tiempo en que Alexis no cometía ningún acto “reprochable” (contacto sexual con otro hombre), las obsesiones se apoderaban de él, las más bajas, como el suicidio. Su alma se endurecía y su intolerancia se elevaba al máximo nivel: “No perdonaba al prójimo ni la más pequeña transgresión”. Se casó porque pensaba que su “estado” se le iba a pasar y que una joven muy dulce terminaría por enseñarle a amarla. Pero una vez casado las cosas empeoraron y Mónica no logró darle la serenidad que él tanto anhelaba conseguir. El siguiente paso fue tener un hijo: “El nacimiento de Daniel no consiguió acercarnos: nos había decepcionado tanto como el amor”.

Alexis cuenta en su carta que tuvo una gran revelación de la belleza del mundo: “Lloré de que la vida fuera tan sencilla y tan fácil si nosotros lo fuéramos lo bastante para aceptarla tal como es”. Había hallado la respuesta: la aceptación. Lo mismo le había ocurrido a Diego, a quien el acatamiento de sus impulsos le procuró serenidad. Los dos (el personaje literario y el real) habían negado sus instintos y se habían confinado en un closet a librar el más inútil de los combates.

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