Pasiva, guisa, perra, loca, partida, loba, cacorra, zorra y otros términos son comunes entre muchos LGBT para referirse a otros miembros de la misma población con los cuales no se sienten a gusto. Y es que, irónicamente la endodiscriminación es el pan de cada día en una población que ha sido segregada por una sociedad conservadora.

Los motivos de la endodiscriminación son múltiples: la ropa, las marcas que se usan, los lugares frecuentados, el aspecto físico, las filiaciones políticas, el rol sexual, el lugar de habitación y hasta la religión que se profesa.

Hace unos años, en la página de una reconocida discoteca gay de la ciudad un muchacho de escasos recursos publicó una foto de él en dicho lugar y los comentarios no bajaron de guiso, pero el comentario más indignante fue el de un entrenador personal que le escribió: “dejó de comer toda la semana para tener para el taxi de regreso a Soacha”. ¡Como si vivir en este municipio fuera un motivo de vergüenza!

¿Quiénes somos nosotros para decidir si alguien está bien vestido o no? ¿Por qué ser pasivo es algo denigrante, si son ellos los que generan el mayor placer a los activos? ¿Se nos olvidó que muchas de esas “locas” son las que más han trabajado por nuestros derechos? ¿De cuándo acá no se puede ser cristiano y gay?

Es triste ver una serie de personas llenas de prejuicios, cuando espera que los demás los acepten: Un colectivo que demanda igualdad ante la ley, mientras segrega a otros. Soy consciente que no son todos, pero quienes lo hacen generan mucho ruido.

En este fin de año la invitación para todos nosotros es a reconocer la diversidad dentro de la diversidad -valga la redundancia-. A respetar al otro basado en su condición humana y no en sus gustos. Y parafraseando al doctor Martin Luther King:

A juzgar a los demás no con base en su apariencia, sino en su carácter.

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