Un testimonio de Dany Gouttière

Era lunes y acostumbrábamos ir a la misa del cementerio, no solíamos ir todos los lunes, pero este en especial era el día que habíamos definido mi abuela y yo para visitarlo.

En este municipio no suele pasar nada extraordinario más allá de la educación hegemónica, heteronormada y paramilitar. Nos han educado para amar al pueblo y no desear salir jamás, pero me preguntaba todos los días “¿qué habrá más allá de las montañas?”, mientras me cepillaba los dientes, lavaba la ropa o los platos sucios, en la única poceta junto al baño, al que nunca le funcionó el sistema de vaciado y que por ende regularmente despedía una hediondez semejante a tener un cuerpo en descomposición al lado.

Estos dos espacios se ubicaban en la parte posterior de una casa a punto de caer, sostenida por diferentes elementos que nos prometían seguir vivos al día siguiente, literalmente una casa particular, el patio tenía características que se salían del común, aquí no había muro, división o límite que protegiera la intimidad.

Al otro lado un solar enorme, donde en ocasiones guardaban vacas y caballos que se convertían en mis amigues más fieles; en este verde lugar jugábamos a ser niños, era un campo seguro, sin minas, guerrillas, ni violencia, aunque con algunos muertos al mes, “buenos muertos”, esos que la gente dice “algo tenía que ver, a nadie matan porque sí” y ahí el punto final a las historias de sus vidas.

En el solar, potrero o manga (como deseen llamarle), se comenzó de un momento a otro y sin previo aviso la construcción de un nuevo barrio, lo llamaron:

‘EL RECREO’

Irónico al ser el lugar que nos quitaba precisamente eso, el recreo, el derroche de energía infantil en un pedazo de tierra con animales, plantas y mundos fantásticos.

Poco tiempo después de iniciada la construcción y con los primeros muros de unas (supongo) 200 casas, llegaron los primeros trabajadores, constructores, oficiales, ingenieros, políticos, corruptos y en especial el guarda de seguridad, encargado que todes les anteriores estén segures mientras se encuentran en El Recreo.

Este señor de estatura mediana, tan mediana como su edad, exponía una amabilidad sospechosa compuesta por una fachada de carisma absurda, digna del mejor postor. Se acercó a nuestra familia y fingió ser un nuevo amigo camuflándose de buen hombre responsable y familiar, ¡claro! Todo el que tenga discurso está en condiciones de hacer eso, usar al más ignorante para satisfacer su sed de poder, beneficiar su bolsillo, alimentar el ego y por supuesto, complacerse porque sí, porque no hay nada más que hacer.

Y en mi casa de entonces, como es usual con la humildad y empatía de todo buen pobre latinoamericano, en un vínculo de amor sincero todo se ha de compartir, un almuerzo de vez en cuando, un pequeño aperitivo para la tarde y lo más importante para hacer amigos, un buen café, en lo que mi abuela siempre ha sido una experta. La empatía de madre colombiana no es un chiste, más bien debería ser partido político.

Aquel lunes me uní a la abuela en su labor filantrópica de pensar en otros, me pidió el favor de llevar café al celador del Recreo. Después de esto teníamos una cita para ir a visitar a los muertos en el cementerio, rezar, extrañar y caminar alrededor mientras ella me contaba a quienes conocía, a quienes le hubiese gustado conocer y toda la farándula de chismes detrás de muchas difuntas y difuntos. Para mí el cementerio era un lugar feliz, verde y tranquilo.

Servido el café, cruce el límite entre la casa y el nuevo barrio con cuidado para no derramar nada, llame en voz alta – «¡Señor! ¡Señor! ¡Mi abuela le mandó café!» – , caminé un poco hasta que lo vi en una de las áreas de la construcción donde algunas casas ya tenían puertas, me espero allí e invitó a pasar, había un radio de pilas sobre el muro de un futuro mesón de cocina, se escuchaba sólo ruido con música de fondo, era oscuro y percibí su mirada inquietante en mí, me sentí tan incómodo por la tensión del momento que decidí esperar en silencio a que terminara rápidamente su café y yo pudiera regresar a casa.

Mientras tanto, pensaba en las cosas hermosas de los cementerios y que, junto a mi vecina, algunos días atrás habíamos encontrado el lugar donde arrojan todos los huesos que nadie reclama, gente que ya no es gente, literalmente es basura que los sepultureros desechan, se podían ver desde un lugar y ángulo en específico.

Y en el espacio, tensión, su mirada seguía en mí, no escuchaba nada, más que el corazón que comenzaba a latir más rápido.

¡Algo ha pasado!

No puedo asegurar que fue verdad, pero el hombre cambió su rostro y me dijo con una voz ansiosa, «SHHH, SHHH, HAY UN HIJUEPUTA AFUERA», el miedo se apoderó del cuerpo, no sabía qué hacer, quería salir corriendo a la calle, aunque sabía que si el hombre tenía la razón estaría en peligro y moriría.

De inmediato siento que me empujó de forma violenta, mientras decía: “ESCONDÁMONOS EN EL BAÑO”. Yo ingreso primero y el detrás mío.

En el baño la puerta quedó medio abierta, entraba algo de luz y sentí como él se ubica detrás de mí, pone su brazo derecho sobre mi pecho, mientras me empuja con todo su peso contra la pared, se escuchó un cierre al abrir, llega su mano izquierda a tomar la mía para llevarla a su entrepierna y siento al tacto por primera vez un pene adulto, siempre estuve inmóvil, el miedo me paralizó mientras su dedo me penetró, su mano me golpeo los glúteos, su lengua me rozo el cuello y solo quedó el olor a imitación barata de Lacoste roja, cigarrillo y café, el café que yo llevé, por lo que por mucho tiempo me sentí un responsable accidental.

Sentí algo frío y con olor a cloro bajar por mi espalda, seguido por un trapo oliendo a aceite de carros que se acercó a mi piel para limpiar el desastre, me di la vuelta con miedo a ser advertido y vi su pene aún con gotas del producto, hasta ese entonces desconocido.

Pensaba con miedo y curiosidad ¿qué es eso? ¿Me cayó en la espalda? ¿Me voy a enfermar por eso? ¿Ya debería empezar a correr y llorar? Mientras estaba en mi debate mental, el hombre se subió los pantalones, abrió la puerta, me empujó para salir del baño, la luz me golpeó en la cara y la realidad se tornó más real, aún tenía los pantalones abajo y me sostenía con el muro, me vestí rápidamente mientras el declaraba mi futuro:

DÍGALE A SU ABUELA QUE LE QUEDÓ MUY RICO EL CAFÉ Y QUE HASTA QUE VUELVA, YA SABE, ACÁ NO PASÓ NADA, USTED YA SABE QUE LE PASA A LOS SAPOS, YA SE PUEDE IR, ¿O SE VA A QUEDAR AHÍ?

Vengo de familia vulnerable, ya había escuchado esas amenazas antes, muchas han terminado en tragedias y muertes, lo tomé verdad y me fui con el sentimiento más extraño que alguna vez tuve y con un pocillo vacío y usado en las manos.

Cuando crucé el patio para entrar a la casa decidí guardar el secreto para siempre, porque pensé en mi familia y en que me rompería el alma verlos sufrir, me tragué el amargo momento. Cuando abrí la puerta, mi abuela ya estaba lista para ir a la misa del cementerio, sé que en el camino me habló, pero estuve en mi mundo, ahogándome en pensamientos retráctiles hasta que llegamos a las puertas del recinto.

Todo lo que había pasado en tan solo media hora antes, se convertía en la más insoportable poesía que cambiaría la alquimia de mi vida para siempre, en el relato de mi primera vez siendo violado.

#LosHombresSíLloran

1 Comentario

  1. Las realidades cotidianas, se han compuesto de historias, narraciones y sentires donde observar un hecho de memoria, es construir un comienzo de acciones de cambio.

    Un abrazo.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here