Soy psicólogo, no por esto soy el ser humano más asertivo, ni el que tiene una respuesta ante cualquier circunstancia emocional. Me considero un ser en proceso y transformación, que se ha descubierto tan vulnerable en tantas ocasiones que en este momento todavía le duelen muchas cosas.

Soy gay y esto casi nunca ha representado dificultades en mi vida, por lo menos no con mi familia, mis amigos, ni en el campo laboral, pues he logrado desarrollarme como un profesional con reconocimiento en mi área. Como consecuencia he tenido la posibilidad de lograr estabilidad económica. Soy consciente que todo esto me convierte en un privilegiado dentro de la población LGBTI de Medellín; y claro, cómo no serlo si tengo una familia y unos amigos que me acompañan, y un trabajo en el que soy exitoso y reconocido por mis logros y no por mi orientación sexual.

Podrían pensar que mi vida es tan bonita y feliz como se lee, pero como ya las necesidades básicas están resueltas, empiezo a darme cuenta de que hay otros asuntos en mi vida que debo atender; a veces no por mí, sino por un bienestar colectivo.

Según lo estándares sociales impuestos, podrían decir que no soy el tipo más masculino, es mas, les aseguro que hay cosas, productos y expresiones consideradas femeninas que amo con locura. Muchas veces me sentí culpable por estos gustos, pero eso también lo resolví con los años, y la vergüenza que sentí alguna vez se fue. Llegar a hacer las paces conmigo mismo no fue un proceso fácil, mucho menos rápido, pero llegué a querer no sólo mi cuerpo, sino mi ser, mi expresión, mi forma y todo lo que esto representa.

Pero al hacer las paces con esto me he encontrado una muralla inmensa afuera, y no es el mundo heterosexual porque las críticas de éste no me han generado mayor inconveniente y he aprendido a sortearlas; pero siempre pensé que inmerso en la población LGBTI iba a encontrar un mundo lleno de aceptación, pero no fue así, no siempre es así, no en todos los espacios es así. Los mismos gais de mi ciudad, incluso algunos amigos y hasta mi novio en algún momento y en algún lugar, se han sentido incómodos o aludidos con lo que soy.

Un par de veces, algunos hombres me han hecho sentir que por no ser el más masculino, no tengo tanta cabida en el mundo gay, aunque han mencionado que en fotos si lo parezco, como si eso fuera una especie de halago; ahí es donde empiezo a escuchar discursos injustificables como que los hombres aunque seamos gais seguimos siendo hombres y por eso nos debemos comportar como tal, que si buscaran feminidad entonces preferirían estar con una mujer directamente, que ser una loca no es bueno para mi profesión y que debo ser muy serio, que usar cierta ropa no es bueno porque me veo más gay y eso es mal, y otras tantas afirmaciones que no precisaré.

Una vez mi novio se sintió incómodo porque yo quise comprar una cartera para lápices de Wonder Woman, me hizo la aclaración de que era algo de mujer, aunque le explicara que solamente era una cartera, que eso no definía lo que era más allá de un gusto por una cartera de Wonder Woman y ya, pero pensó que eso me hacía ver femenino y me sorprendió al decirme que lo que lo había enamorado de mí, en parte, era mi ‘seriedad’ y que la estaba perdiendo.

Episodios tan triviales como esos, por poner un par de ejemplos, fueron detonantes en mi proceso reflexivo. Si bien tenía claro que yo no era el hombre más ‘masculino’, como lo mencioné, nunca me había sentido aludido por ello, nunca había pensado tener inconvenientes por tener determinados gustos y expresiones que consideraba no perturbaban a nadie.

Dentro del proceso reflexivo logré comprender que estamos tan acentuados en el discurso binario que hasta cosas tan simples como una cartera de una superheroína, que es sólo eso, una cartera, hace que algunos se sientan inmensamente amenazados, hasta asumir que usarla es sinónimo de perder la masculinidad.

Hemos dado por sentado que estamos en un mundo binario y que los hombres tenemos que hacer cosas de hombres, jugar fútbol y juegos rudos, ya por ahí salí perdiendo; no interesarse por el cuidado personal, sigo muy mal por este lado, entre otras cosas que por tradición se han asumido que son de hombres. Desde allí, hacer algo femenino o tener gusto por algo de mujer representa una amenaza para la masculinidad, y en el universo gay de Medellín es mucho peor, pues no te bajan del calificativo de ser una loca que ya perdió cualquier relación con la hombría.

Hay un miedo latente en muchos gais de esta ciudad que creen que porque alguien tenga una expresión de género que se desliga del concepto construido de lo masculino y de la idea del ‘machito’, entonces se es más gay. No sé qué dirán cuando se den cuenta que ser gay no tiene niveles, que ser gay no tiene nada que ver con cómo nos vestimos, hablamos o nos expresamos, sino que está ligado al deseo sexo-afectivo por otro hombre, cosa que todos tenemos; por ende, todos somos iguales de gay, no hay uno más o menos gay que otro.

Así, esta es una historia que no me contaron y que no me esperaba encontrar, como tampoco con una muralla tan grande que me generara tanto malestar emocional; de ahí la impotencia al ver cómo todos exigimos derechos al Estado y al resto de habitantes de la ciudad y entre nosotros no respetamos el derecho a la inclusión.

Ser diversos implicaría comprender que el otro es un universo que vive de acuerdo con sus formas, que todos los gais compartimos el deseo sexo-afectivo por otros hombres, pero que todos somos diferentes en nuestras formas y expresiones; no es tan complejo de entender, aunque a veces pareciera que sí.

No me siento amenazado ni vulnerado, pero en definitiva, considero que mi expresión de género, mi posibilidad de sentirme y actuar como soy, sí hace sentir amenazados a muchos gais que siguen creyendo que debemos seguir la línea patriarcal que obliga al hombre a comportarse bajo el modelo de ‘macho’, que nos cohíbe de fluir, y que piensa que ser mujer es tan malo, que si hay un gusto por algún objeto o se adopta un comportamiento femenino, entonces se es menos ser humano.

Siguen conservando en su estructura que lo femenino es tan negativo que si un hombre asume un comportamiento tal, está condenado a ser catalogado como alguien que perdió su masculinidad y por ende considerado menos hombre.


Este artículo hace parte de un trabajo de redacción realizado por el autor resultado del Diplomado de Periodismo para la Diversidad: Historias No Contadas “Narrando desde otro punto de vista”, iniciativa creada por egoCity con la Secretaría de Comunicaciones de la Alcaldía de Medellín y la certificación de CEDENORTE Institución Técnica, para la visibilización de los sectores poblacionales LGBTI de Medellín.

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