“Yo soy muy brava y peleo cuando lo considero justo, pero soy muy tierna y quiero a las personas”.

Dulce María
Dulce María Penagos Rojas. Foto cortesía de Julián Alexander Mejía Correa

Nací en El Pital, un pueblo pequeñito del departamento del Huila. De mi niñez recuerdo que vivía con mi madre y mi hermano menor, y que cuando tenía doce años, debido a la situación de pobreza que atravesamos, mi madre tuvo que llevarnos a vivir con mis abuelos que vivían en una vereda del mismo municipio; allí ya no podíamos jugar mucho porque debíamos ayudarles a los abuelos en las labores del campo, razón por la que más extrañábamos a mi madre. Mis abuelos fueron muy estrictos en nuestra crianza, porque según mi abuela, ella sentía temor por la responsabilidad de criar hijos ajenos.

En aquella época mi nombre era Daniel Alejandro y vivía en compañía de mis abuelos y de mis tres primas adolescentes, como mi madre se llevó de regreso a mi hermanito, yo era el único hombre en esa casa, pero no estaba cómoda con ese estatus. Siempre buscaba parecerme más a mis primas, ponerme ropa de ellas y maquillarme, pero algunas de ellas empezaron a notar esos comportamientos y a manifestar cierta homofobia contra mí.

Asumí con fortaleza las tareas que me asignaban mis abuelos en calidad de hombre, porque siempre he sido una guerrera y no me dejo vencer tan fácilmente, pero siempre sentí que yo era una mujer haciendo tareas de hombre.

Mi prima Yesica Alejandra y yo teníamos más afinidad que con las demás, éramos casi de la misma edad, con diferencia solo en días, ella me entendía mucho y me animaba, porque al parecer entendía mi situación y sigue siendo así. Aunque a veces nos peleábamos, discutíamos por cualquier cosa y lo seguimos haciendo, ella ha sido un soporte para mí.

He sido siempre muy peleona y no me dejo de nadie. Viví una situación de acoso sexual persistente, por parte de un tío político y desde ahí le cogí fobia a los hombres. No quería que ningún hombre chico o grande se me acercara, odié hasta a mi hermano y también odié ser hombre; claro que desde mucho antes me sentía niña y quería ser niña, pero luego de eso no solo quería ser niña sino que odié ser hombre.

Al cabo de un tiempo regresé al pueblo donde mi mamá y a pesar que desde siempre buscaba parecer femenina, fue a partir de los dieciséis o diecisiete años, que decidí vestirme de mujer con la ropa de mi mamá y tenía algunas amiguitas que me prestaban prendas de ellas. Sin embargo yo lo hacía al escondido de mi mamá y del resto de mi familia. Mi mamá se vino a enterar cuando yo tenía más de 20 años. Un día yo estaba escuchando un programa que se llama “Caso Cerrado” y hablaban de una mujer trans, apenas fue en ese momento cuando fui consciente de lo que me pasaba y de lo que yo quería ser. Ese día me dije que si la protagonista del programa podía, yo también iba a poder ser una mujer.

Entonces le dije a mi hermano, que estaba allí conmigo que eso era lo que yo quería ser, y él me respondió: “Pero Dani, ella se volvió mujer y usted es un hombre”, y yo le respondí: “Por eso, yo lo que quiero es volverme una mujer”.

Con esa ilusión y animada por lo que escuché en el programa, empecé a dejarme crecer el cabello y a travestirme, salía ‘caracterizada’ como mujer en compañía de mis amigas, cogía un taxi y me iba. Pero en una ocasión yo iba saliendo de la casa y me tropecé con mi mamá que iba entrando, se quedó pasmada… Ella que era tan habladora, se quedó muda y no decía nada. Yo la dejé ahí pasmada y me fui con mis amigas. ¡No había nada que hacer!

Con mi mamá no había confianza para hablar de esos temas, ella era muy conservadora y de mente cerrada para eso, antes de que me descubriera ella me preguntaba por mis amigas, sobre si eran hombres o mujeres porque les escuchaba la voz gruesa, pero por más que yo le explicaba se negaba a entender que había otras formas de sexualidad y género fuera de ser hombre o mujer heterosexual.

Entonces, después de que me descubrió así travestida, al otro día, la confronté y le pregunté si me iba a apoyar o no, y ella me respondió: “No, yo me quedó con Daniel Alejandro y Dulce María verá para dónde se va”, a lo que le dije: “Pues entonces, yo me voy con Dulce” y así lo hice, me fui de la casa.

Dulce María fue el nombre que elegí para mi nueva vida, porque a pesar de que me considero una guerrera y muy peleona para defenderme de las agresiones, quiero conservar mi esencia tierna y amorosa, nada grosera o vulgar, y eso para mí es Dulce; y María en honor a mi abuela que se llama María Rosa, quien a pesar de lo estricta que fue conmigo me inculcó valores y es muy representativa para mí.

Dulce María
Dulce María Penagos Rojas. Foto Mujeres al Son de la Ciudad

Para mí ser mujer no fue ponerme ropa de mujer o maquillarme, sino que lo hice con toda la conciencia de lo que hacía, sintiéndolo desde adentro.

No me arrepiento de la decisión que tomé de transformarme, de hecho lo único que me preocupaba y me hacía dudar de hacerlo era el temor de no poder tener hijos, ese sí fue un sueño mío desde siempre. Pero ahora que eso ya está resuelto, no me arrepiento de nada y de hecho soy muy feliz.

Tuve situaciones difíciles por culpa de mis primas. Como dije Yesica Alejandra era buena conmigo y me entendía, pero la otra, Paola, era homofóbica y me hacía quedar mal en mis trabajos y en otros espacios. Yo compartía apartamento con una amiga estilista y trabajaba en una peluquería en donde éramos puras niñas, y mi prima Paola un día llegó a llamarme en voz alta por mi nombre anterior, solo para hacerme quedar mal en mi trabajo, por lo que me tocó inventar explicaciones frente a mis compañeras, diciéndoles que es que ella era como “enfermita” y a veces salía con esas locuras.

Mi prima Paola también regó el cuento de que yo era hombre y ahí empezaron las miradas inquisidoras y curiosas sobre mi cuerpo, especialmente de la cintura para abajo; hay otro detalle y es que los hombres tienen un interés morboso por las mujeres trans específicamente en lo sexual, y entonces, empezaron a hacerme insinuaciones y yo empecé a sentirme incómoda y decidí irme de allí y dejar la casa que compartía con mi amiga estilista.

Seguía en la búsqueda constante de mi verdadero ser, de mi identidad de género y sexual, y en esa búsqueda me ayudó y me ayuda mucho una amiguita que es trans, se llama María Alejandra, la quiero mucho y ha sido muy importante en mi vida. Yo empecé a sentir cada vez más rechazo por mi cuerpo de hombre, eso se llama disforia. Entonces, María Alejandra me dijo: “No ‘mor’, lo que usted tiene que hacer es automedicarse y cuando tenga una seguridad social, les cuenta que está tomando”. Fue María Alejandra quien me contó que también había mujeres que se querían volver hombres y yo no entendía por qué lo hacían y me preguntaba: “si mi mayor anhelo, era volverme mujer ¿Por qué ellas que lo eran, no estaban felices?”.

Empecé mi proceso de hormonización, estaba feliz con los cambios que empezaba a presentar mi cuerpo y con él, con todo mi ser; pero sentía un poco de temor porque siempre soñé con ser madre y ese proceso podía entorpecer esa otra realización biológica y espiritual tan importante para mí.

Dulce María
Foto cortesía Julián Alexander Mejía Correa

Y bien, a pesar de mis dudas e inseguridades, sabía que me estaba encontrando con la persona que siempre fui y eso era lo más importante, saber que no era una “mariachi” como me decía mi abuela en sus términos del Huila campesino, sino una mujer que siempre estuvo ahí y que ahora había logrado dejar su prisión y vivir libremente.

A través de las redes sociales conocí a Julian Alexander, hombre trans de Medellín, quien tiene un grupo virtual de asesoría y apoyo a personas que como yo quieren iniciar su tránsito y no saben cómo hacerlo. Julián me apoyó, me ayudó a venirme para Medellín, ha sido mi amigo y mi soporte en este proceso; no solo eso, contribuyó en gran medida en mi realización como madre.

En efecto, tengo el placer de contar que ahora soy Dulce María Penagos Rojas, que tengo una cédula de ciudadanía que así lo acredita y que también reconoce mi decisión de ser mujer. Y otra maravillosa noticia: Soy la orgullosa madre biológica de un hermoso bebé, de nombre Miguel Ángel.


Este artículo hace parte de un trabajo de redacción realizado por el autor resultado del Diplomado de Periodismo para la Diversidad: Historias No Contadas “Narrando desde otro punto de vista”, iniciativa creada por egoCity con la Secretaría de Comunicaciones de la Alcaldía de Medellín y la certificación de CEDENORTE Institución Técnica, para la visibilización de los sectores poblacionales LGBTI de Medellín.

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