“Yo no era una niña lesbiana, era un hombre en un cuerpo de mujer”

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Julián Alexander Mejía Correa. Archivo privado Julián Alexander Mejía Correa

Nací en una familia muy humilde, en la ciudad de Medellín. Éramos tres hermanos y mi madre tenía que trabajar muy duro para sostenernos, entonces, nos dejaba a cada uno donde una de mis tías o donde mi abuela, y mi madre tenía que turnarse para ir un día a visitar a uno de nosotros y a los quince días ir donde el otro, porque no podía salir más seguido de su trabajo; entonces, no fuimos una familia muy unida.

Uno de mis primeros recuerdos de infancia es que estaba enamorado de una niña que era mi vecina, cuando ella salía a la calle yo la miraba y ella a mí y nos sonreíamos, y eso era suficiente para ser feliz. Cuando ella iba de visita con su mamá a mi casa yo me disfrutaba toda la visita, solo por verla.

Pero también tengo recuerdos tristes de mi infancia. Las navidades eran motivo de mucha angustia, ilusión y decepción para mí, porque yo quería que me regalaran balones y carritos, pero esos regalos eran para mi hermano, con quien tenía que pelear para que me dejara jugar con ellos. Mis regalos siempre fueron muñecas, las cuales rompía para librarme de ellas, pero siempre me compraban más. Esa siempre fue una batalla perdida, tanto para hacerles entender a mis padres y abuelos qué juguetes quería, como que ellos entendieran que detestaba las muñecas y sus vestiditos.

Ahora bien, las mamás tendrían que darse cuenta de las orientaciones sexuales y de género de uno. En mi caso éramos tres hermanos: mi hermana mayor, seguía yo y luego mi hermano. En la medida en que yo podía decidir siempre me vestí de niño, tenía modales de niño, y estoy seguro de que mi mamá se daba cuenta, pero se negaba a aceptarlo.

Mi adolescencia trascurrió entre mi lucha con mi cuerpo biológicamente femenino y mi esencia y sentir masculinos. Hasta mis veinte años me catalogué, sin asumirme, como una mujer lesbiana, pero luego empecé a documentarme, a ver programas sobre el tema, y descubrí que no era una mujer lesbiana sino un hombre atrapado en un cuerpo de mujer.

A mis dieciocho años me enamoré profundamente de una joven pansexual, que como yo lo defino es una persona que no se enamora del cuerpo físico de un hombre o de una mujer, sino de un ser, de su esencia. Ella fue el amor de mi vida, y sigue siéndolo a pesar de que ya no estemos juntos. Ella me dio todo de su vida y yo a ella.

La relación duró nueve años, que para mí pasaron muy rápido. Yo disfrutaba mucho de esa relación y por eso le dije que quería ser padre y le pedí que tuviera un hijo para mí, y efectivamente, ella tuvo un hijo, con lo cual se supone que ya teníamos una familia conformada y no faltaba nada más.

Pero tuve un desliz y le fui infiel a la mujer de mi vida. Fue solo una vez, pero yo me considero honesto y sincero, y no fui capaz de ocultárselo. Entonces le conté lo que ocurrió, le pedí perdón y seguimos intentándolo, pero nada vuelve a ser igual. La relación se fue desgastando, seguíamos juntos por nuestro hijo, pero llegó un momento en que decidimos terminar todo y separarnos.

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Foto archivo privado de Julián Alexander Mejía Correa

Mi relación con la madre de mi hijo es buena, seguimos siendo muy cercanos y luchamos por que nuestro hijo crezca lo más feliz posible. Nosotros le enseñamos mucho sobre nuestra situación, para que él entendiera lo que estaba viviendo. Actualmente hay libros y cuentos que le ayudan a los padres a que sus hijos entiendan las situaciones diversas que los rodean.

 

Al comienzo el niño decía: “yo tengo dos mamás” y me nombraba con mi nombre anterior. Actualmente le hemos explicado la situación, ya de manera directa y lo ha entendido bien. Lo último que me dijo hace poco fue: “yo te quiero como eres” y eso para mí fue maravilloso.

Luego de que se terminó mi relación con aquella chica que fue el amor de mi vida y que me dio un hijo a quien amo, mi vida se descontroló, yo no podía con mis sentimientos de culpa e intenté suicidarme en tres oportunidades, pero no lo logré. En cambió mi hermano también lo hizo y logró su objetivo. Cuando él faltó fue cuando empecé a añorar su presencia y a ser consciente de lo mucho que lo amaba y de que nunca se lo dije. Lo mismo me ocurrió con mi padre quien falleció dos años después de mi hermano. Fueron dos pérdidas muy seguidas y significativas para mí.

Afortunadamente tomé conciencia de mi responsabilidad con mi vida y busqué ayuda psicológica, trabajé mucho en mi salud mental y logré tomar nuevamente mis riendas. Así fue que llegué a la conclusión de que yo no quería morir siendo alguien que no era, que no quería que en mi carroza fúnebre apareciera el nombre de alguien que no era yo, sino mi nombre verdadero: ¡el de un hombre!

No cambié totalmente mi nombre, solo lo volví masculino, porque no odiaba el nombre que mi madre con tanto amor me había asignado. Lo que quería era asumir lo que yo soy. Eso sí, dejo claro que empecé muy tarde, pues tengo 36 años y apenas hace tres empecé mi tránsito; pero hoy me siento feliz y plenamente realizado y les digo a quienes lean mi historia:

“No tengan miedo, no esperen a que alguien decida por ustedes, no esperen a ver qué pasa, háganlo, den ese paso que les ayude a vivir.” 

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Foto archivo privado de Julián Alexander Mejía Correa

Me encontraba trabajando en la superación de todas esas dificultades que marcaron tanto mi vida e iniciando mi tránsito, entonces decidí que iba a compartir mis historias a personas que estaban viviendo cosas similares y a quienes mis experiencias les pudieran servir a través de las redes sociales.

Así fue que un buen día me contactó una mujer trans de nombre Dulce María Penagos Rojas, que vivía en el departamento del Huila y que me pidió ayuda en su proceso porque tenía muchas dudas. Empezamos a hablar y a encontrar intereses comunes, y como yo soy tan dado a ayudar a la gente de manera solidaria, un día la invité a venir a Medellín, en procura de que encontrara mejores posibilidades para su situación y su proceso.  Ella ya tenía su cédula de ciudadanía con el nombre y la opción de género que eligió para su nueva vida y había empezado su proceso de hormonización, automedicándose pues no tenía EPS, lo cual no recomiendo para nada, pero ella lo hizo porque si se ponía a esperar un buen empleo y estar afiliada, tal vez nunca lo lograría. 

Dulce María llegó a Medellín, se albergó en mi casa, empezamos a compartir alegrías, dolores y gastos, se fue afianzando una muy buena amistad y finalmente decidimos tener un hijo biológico juntos, así cumplir uno de los mayores sueños aplazados de ambos.

¡Y así es como hace nueve meses, soy el orgulloso padre de Miguel Ángel y el hombre más feliz del mundo!


Este artículo hace parte de un trabajo de redacción realizado por el autor resultado del Diplomado de Periodismo para la Diversidad: Historias No Contadas “Narrando desde otro punto de vista”, iniciativa creada por egoCity con la Secretaría de Comunicaciones de la Alcaldía de Medellín y la certificación de CEDENORTE Institución Técnica, para la visibilización de los sectores poblacionales LGBTI de Medellín.

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