Los padres siempre creen que cuando su hijo se está “pudriendo” es porque sus amigos, que son “manzanas podridas”, lo están “pudriendo”. Cada rato escucha uno ese mismo cuento. Quizás sea porque necesitan de ese pajazo mental para liberarse de la responsabilidad de haber criado “mal” a sus hijos. Ese miedo a ser desaprobados como padres los atormenta.

Es muy frecuente que cuando los padres se enteran de que su hijo es homosexual, crean que sus amigos lo están homosexualizando. Acto seguido lo llevan al psicólogo o a una iglesia-secta. Si el psicólogo les quiere sacar dinero, pues empieza a hacerle una terapia de “reconversión” (lo que no existe y por lo tanto no funciona). Si el pastor les quiere sacar dinero, pues también le empieza una terapia de “reconversión” y le muestra casos de exhomosexuales que se “curaron”, así como Nerú, pero que en realidad son reprimidos sexuales. Y en caso de que la terapia no funcione, se saldrán por la tangente: “Es que su hijo no tiene voluntad o no tiene fe”. La estrategia es perfecta. Si yo no tuviera escrúpulos también lo haría, me enriquecería por ese camino fácil, pero, desafortunadamente, tengo un elevado sentido de ética que no me lo permite.

Cuando los padres llevan a sus hijos homosexuales al psicólogo, y si este es un verdadero psicólogo, salen tirando puertas del consultorio. Les da ira escuchar que la conducta sexual no es aprendida, que la homosexualidad es tan solo una orientación sexual más, que no es perversión, ni es antinatural. Generalmente, la gente visita al psicólogo para que este le diga lo que quiere escuchar. Cuando no es así, pues entonces el psicólogo “no sirve para nada”.

Este es el caso de María Lesbia (así se llama, aunque no lo crean) que, muy preocupada por su hija adolescente, la lleva donde una “profesional” de la salud mental después de haberla sorprendido besando a otra niña. Esa psicóloga, que parece que se ganó el título en una rifa, le dice que su hija es muy débil de mente y que por eso se deja influenciar fácilmente por los demás.

Una vecina, que le sirvió de paño de lágrimas a María Lesbia, le aconsejó que la llevara donde un neuropsicólogo para que le mandara una vitamina que supuestamente le iba a fortalecer la mente. María Lesbia, con renovadas esperanzas, pide una cita y la lleva.

Pero lo que no sabía era que el neuropsicólogo infantil no solo no medica sino que le dijo que no existía ninguna vitamina, ni medicamento que sirviera para “fortalecer la mente”. No existe ninguna sustancia que haga que los niños o adolescentes sean menos vulnerables a la influencia de sus amigos. Pero además no existe ningún medicamento que “cure” la homosexualidad, entre otras cosas porque no es una enfermedad, entonces no hay nada qué curar. Y también le dijo que las conductas sexuales no son aprendidas, lo que provocó que María Lesbia saliera del consultorio tirando puertas y maldiciendo. Pero su hija se quedó unos minutos hablando con el neuropsicólogo infantil, quien confirmó que ella ya tenía una orientación sexual clara y definida, pero que además estaba dispuesta a defenderla contra viento y marea.

Mi reacción cuando me contaron esta historia fue: “¡Esa es nuestra juventud: valiente y decidida!”.

Nota: Mi padre, que es muy respetuoso y jamás me ha ofendido, cree que la homosexualidad es algo que están “haciendo pasar como normal, pero que no lo es”. A pesar de toda la evidencia que le he mostrado, él no cambia de parecer (simplemente porque el que no quiere ver; no ve y el que no quiere oír; no oye). Por eso creo que la homofobia es un dogma.

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