Este texto hace parte de una recopilación de historias realizadas por su autor bajo el nombre: NO SOY UN NOMBRE NORMAL.


Las calles de los barrios repletos de casas y apartamentos, los escritorios en las oficinas y las ventanas de los buses en el transporte público esconden historias de hombres reales. De esos que lejos de los preceptos y de la monotonía que puede representar ser un hombre hecho y derecho, de buenas costumbres, “ejemplar”, cuentan sus propias historias desde una masculinidad que se inquieta, se reconstruye y edifica nuevas maneras de alteridad, de amor propio y de supervivencia.

¿Quiénes son esos hombres a los que intentan prohibirles botar pluma en la disco, a los que han señalado de enfermos, fueron desterrados e intentaron matar a patadas y arrebatarles el alma? Son ellos, se sienten cómodos en su piel cicatrizada, tienen nombre e historia.


El primer recuerdo que tengo de Matías tiene una ventana de por medio.

Habíamos quedado en Grindr para vernos y cuando llegó, corrí con cautela la cortina para verlo antes de bajar a abrir. Suspiré tranquilo, me gustaba. Era incluso más guapo de lo que esperaba, alto, flaco, moreno y de barba muy oscura. Así lo conocí. 

Acababa de llegar a la ciudad, era su primer polvo en Medellín después de haber trabajado dos meses con un amigo publicando noticias en contra del gobierno de Nicolás Maduro en un blog para reunir el dinero para viajar.

“Usábamos una IP de otro país, pude haber ido preso o pudieron haberme matado en ese trabajo”, me dice. 

Llegó a Medellín con 80 dólares que le quedaron de ese trabajo después de haber pagado el pasaje y haber recorrido un trayecto en bus de 30 horas desde el estado Cojedes, en Venezuela. Ese era su presupuesto para sobrevivir

Medellín

Paró acá porque una amiga suya se había venido antes, tenía un lugar donde vivir y quería echarle la mano. Llegó donde ella y al otro día ya estaba inquieto por buscar oficio: en el primer trabajo que encontró no lo llamaron más después del primer fin de semana, una discoteca en La 33. En el segundo, durante la temporada navideña del 2017, pese a que ganaba bien, su jefe, una evangélica ‘súper maldita’ como dice él, trataba súper mal a todxs lxs empleadxs. 

Del tercero, una pizzería en Bello, lo echaron por no contar con permiso de trabajo a pesar de que lo apreciaban y le estaba yendo bien. Del cuarto tiene sus peores recuerdos, trabajaba toda la noche y toda la madrugada en un negocio de comidas rápidas en La 70: tenía que pregonar en la calle, ir de un local a otro llevando jugos, cargar hielo, ayudar a limpiar. En la madrugaba, cortar papas, pelar y porcionar frutas. También lo sacaron, esta vez por haber llegado en una ocasión cinco minutos tarde.

Andrés 

En los negocios de las comidas rápidas también trabajaba su amiga que lo había recibido en Medellín. Pero ya no quería nada, en palabras de Matías, estaba agobiada con ese trabajo, tenía un novio que la maltrataba y una propuesta de trabajo en Perú: “me voy pal coño”. Esa fue la sentencia con la que Matías se enteró que además de trabajo, tampoco tendría ya donde vivir.

En ese entonces ya salía con Andrés. Él lo llevó a que se tomara fotos para las hojas de vida, le ayudó imprimiéndolas y le consiguió un lugar donde quedarse mientras resolvía su situación. Matías mientras tanto seguía buscando trabajo y Andrés le llevaba semanalmente un mercado, pero él no conseguía nada. Estaba desesperado.

Había viajado desde Venezuela con un amigo suyo que ya vivía en Medellín pero en ese entonces estaba dándole vuelta a su familia y aprovechó para viajar con él. Su amigo conocía bien su situación. Un buen día lo llamó para preguntarle si ya tenía trabajo, que no, le dijo Matías, que no tenía todavía, y su amigo que se madrugara al otro día al estudio donde él era monitor, que estaban buscando otro y que no era un trabajo difícil para un Ingeniero en Telecomunicaciones. A Matías le gustaba la tecnología y no le iba mal con el inglés.

Modelaje Webcam 

La noche antes de ir para ver si lo empleaban como monitor pensaba que si era legal, que si se estaría metiendo en una cosa muy rara. “Me estaba armando la película”, me dice, en el fondo ya se hacía una idea de lo que podría terminar haciendo.

Aprendió todo en una semana: cómo crear perfiles, cuáles eran las plataformas, las diferencias entre un sitio web público y uno privado, los ángulos de la cara y del cuerpo, cómo entrevistar y monitorear a un modelo. Ya tenía experiencia metiéndose a morbosear en Cam 4, eso le hizo más fácil la vuelta.

El trabajo era duro; también a él lo monitoreaban, le hablaban por unas cámaras si estaba chateando por el celular, empezó a tener problemas con Andrés por su tipo de trabajo, tuvo que acostumbrarse a escuchar gemidos ajenos, nunca logró comisionar por las metas que debían hacer los modelos y empezaba a sentirse apurado por salir de la casa de la amiga de su novio.

Precisamente Andrés, su novio, también empezaba a hartarse de su trabajo y en poco tiempo consiguió también como monitor, pero en otro estudio. Lo llamó a trabajar con él, le dijo que podía ganar lo mismo sin tener que hacer todo lo que en su trabajo actual, solo monitorear, aceptó y se fue a trabajar al estudio en el que trabajaba Andrés. Hablaron con la jefe de los dos y le permitieron quedarse a dormir allá mientras se reubicaba.

Pero la suerte duró poco: los sacaron a los pocos días por cambio de administración. A Andrés no le gustaba la idea de empezar a transmitir juntos, pero en vista de que ahora ninguno de los dos tenía empleo y de que Matías se había quedado sin un lugar donde vivir, accedió y se pusieron a la tarea de buscar un estudio en el que se sintieran cómodos, la queja recurrente era el monitor, no les convencía ninguno, eso y la limpieza de algunos estudios, las instalaciones, el trato.

Casi no se acomodan pero finalmente dieron con un estudio que les gustó a los dos. Empezaron a trabajar al siguiente día de la entrevista: el primer día llegaron a una habitación al tiempo que salía una pareja. El calor de la habitación los abochornó, el piso estaba lleno de pelos, el teclado de aceite, la cámara sucia. Mateo salió y llamó al jefe para decirle que la pareja no había limpiado la habitación, pero nada pasó. Limpió él. Al siguiente día en la segunda habitación, después de sentarse en la cama, Matías sintió un terrible olor, alguien se había orinado y el colchón no tenía plástico. Ese día transmitieron parados toda la mañana y no regresaron más. 

Los llamaron de otro estudio y empezaron a trabajar ahí, no les iba mal:

“Normalmente un modelo el primer día no se hace nada, si trabaja Chaturbate que es una página pública, un modelo se puede hacer al rededor de 30 tokens. Chaturbate paga el token a 0.05 dólares. Nosotros el primer día nos hicimos 1.100 tokens, o sea 55 dólares. Teníamos sexo en vivo, aunque era prácticamente fingido todo. Nuestro show era más que todo sadomasoquista: cuero, él me amarraba, me daba latigazos en los pezones, me ponía máscaras para que yo no viera”.

Pero la relación venía mal, más que todo en la parte sexual. Me dice Matías que él fue el primer novio de Andrés, un Andrés poco experimentado y al que no le gustaba ser pasivo, y Matías venía aburrido de llevar meses poniéndole el culo. Empezaba a interesarse por otros hombres, en la calle se quedaba mirando fijamente a los ojos si algún man le gustaba y lo enfermaba la idea de serle infiel a su novio Andrés.

Estaban muy enamorados pero Matías ya se sentía desconectado en la parte sexual y empezó a notarse en las transmisiones:

“Todo lo que deseaba de él era que me abrazara, que me acompañara, que se acostara conmigo a ver una película o que saliéramos a algún sitio. Al final terminamos y a él le pegó mucho, nos separamos, dejamos de trabajar juntos y él se fue del estudio porque no nos permitían estar en el mismo turno”. 

El trabajo solo 

“Sin Andrés empezó a irme mejor. Cuando nos separamos habían muchos usuarios que entraban por verme a mí o por verlo a él, esos que estaban enamorados de mí se pasaron a mi nueva cuenta solo. Por eso me fue bien desde el principio, normalmente un modelo que empieza solo no le va así. Normalmente pueden empezar ganándose una quincena de 50.000 pesos, puede que sea de 100 o 200 si tienen suerte”.

En los diez meses que lleva transmitiendo ha visto sus ingresos multiplicarse, me dice que empezó a trabajar como modelo webcam porque estaba mamado de ganarse el mínimo:

“Marico, con un mínimo tú pagas arriendo, medio compras comida y lo que te queda son 50 o 100 mil pesos cuanto mucho para tus cosas. Eso me tenía aburrido”.

Hoy puede ganarse entre cinco y seis millones de pesos colombiano en un mes. A su familia le dijo que iba a trabajar vendiendo paquetes de hosterías y que le iban a pagar por comisión, y gracias a sus ingresos comen sus papás, su hermano mayor cuando se las ve difícil, la esposa de su hermano, su sobrina que cumple un año en noviembre, y una tía que vive al lado de la casa de sus papás con su abuela. Me dice:

“Mi trabajo los salva de que se acuesten sin comer” 

En un día se puede venir unas tres o cuatro veces, a veces dos, a veces ninguna, y yo ingenuamente le pregunto que si se viene porque no aguanta la excitación y me explica que no, que pone una meta de tokens para eyacular y si los usuarios la alcanzan, entonces se viene. Pasa toda la mañana, tocándose, masturbándose.

“1.800 tokens para venirme y 40 USD mi Whatsapp, en este estudio nos dejan venderlo, pero no en todos es permitido”

Le pregunto por las personas que lo ven, ¿cómo crees que sean estas personas? Me dice que ahí hay de todo, que le han pasado locuras, la que más recuerda fue una en la que en un show privado, el usuario quería que actuara como un gigante y que hiciera como que se lo iba a comer; literalmente. Entonces, agarró la cámara con sus dos manos para dar la sensación de que se lo estaba comiendo, lo trató de débil y de pequeño y puso la cámara en el piso para dar la ilusión de que él era un gigante, se la puso después en la boca y la acercó lo suficiente para que diera la ilusión de que ya se lo estaba tragando. Se recorría con la cámara y le iba narrando cómo pasaba por su cuello, como sus jugos gástricos lo quemaban y lo digería. 

Se sorprendió de su inglés, no sabe ni cómo logró hacerse entender para recrear semejante historia, pero lo logró.

Presente y futuro 

Le encanta su cuerpo, conserva una timidez genuina pero coqueta y no se intimida ante un piropo, solo abre la boca con más fuerza y se ríe para no decir nada más. Aprendió a quererse, dice que se siente pisando tierra firme, que no le teme al que dirán, que no lo acompleja ser venezolano y que es valiente ante la crítica con la que muchxs generalizan su nacionalidad pues no cree que por malas experiencias sea justo que los tilden a todxs de flojos, malos, interesados o engreídos. 

“Antes me acomplejaba. Quería decir algo y mi mente me decía, no digas eso, no digas eso, te vas a ver estúpido. Me importaba mucho lo que pensaban de mí pero hoy veo a todas las personas por igual. Ya no me importa que alguien sea más cuajo, o se vea mejor vestido, él va al baño igual que yo, él se va a morir y va pa’l mismo hueco que yo. Ya no me importa, lo que él tenga o como él se vea no lo hace mejor que yo”. 

Del futuro no habla con mucha seguridad, vacila y cree que podría trabajar en el modelaje webcam hasta los 30 años. Hoy tiene 27. Dice que quiere empezar a transmitir desde su casa, sin un estudio para poderse quedar con el 80 o 90% de lo que se hace por quitarse la ropa y masturbarse frente a una cámara, que quiere juntar el dinero para montar un negocio, que puede ser de camisetas. También quiere olvidarse de que es Ingeniero en Telecomunicaciones y estudiar Diseño Gráfico.

“Yo no voy a durar toda la vida haciendo esto”, anota. 

Inmigración y soledad 

Tiene amigos y conocidos en Medellín, pero no se siente en casa. Cree que no pertenece a ningún lado, está atrapado en un persistente vacío y tiene la sensación de que está perdido, se pregunta constantemente: “Ajá, ¿para dónde voy? ¿Qué voy a hacer con mi vida? ¿Dónde estoy? ¿Qué estoy haciendo? ¿Qué voy a hacer el año entrante?”, y no tiene una respuesta. Pero no se mira con lástima ni cree que esté deprimido todo el tiempo ni mucho menos, aunque a veces se le agotan las ganas de vivir.

“Me va bien, estoy ayudando a mi familia, tengo dinero pero no me siento lleno, no me siento bien”.

Dice que la ruptura con su ex fue necesaria. Que en Venezuela lo tenía todo, que los papás lo ayudaban, que siempre estudió y nunca trabajó, que sus amigos estaban cerca y que siempre sentía que dependía de alguien. Aquí tuvo a su amiga con la que vivió y ahora estaba en Perú, a su amigo con el que viajó y hoy vive en La Guajira, a Andrés que fue un apoyo incondicional y un gran amor pero que ya se habían separado. Se había quedado solo, lo entendió pronto: su familia, sus amigos, su novio, ninguno estaba más. Estaba él con él. Aprendió a sobrevivir, a valerse por sí mismo, a comer solo, a ir al cine solo, a caminar en un parque solo y a que si tiene un problema, lo resuelve solo.

¿Qué extrañas de tu casa? Le pregunto, que la comida de la mamá, que la compañía de sus amigos, que estar con su gente. ¿Aquí no está tu gente? Se aflige, traga saliva, se queda en silencio unos segundos y cuando está a punto de sobreponerse le hago una siguiente pregunta: ¿O no has encontrado a nadie que puedas llamar tu gente? Exacto, algo así; me responde


Este artículo hace parte de un trabajo de redacción realizado por el autor resultado del Diplomado de Periodismo para la Diversidad: Historias No Contadas “Narrando desde otro punto de vista”, iniciativa creada por egoCity con la Secretaría de Comunicaciones de la Alcaldía de Medellín y la certificación de CEDENORTE Institución Técnica, para la visibilización de los sectores poblacionales LGBTI de Medellín.

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