Libertad… un término que al escribirlo o intentar pensar sobre él te hace mirar hacia arriba, hacia el cielo buscando allá en lo alto la descripción perfecta para esa palabra tan famosa y a la vez tan manoseada.

Ser libres es una promesa de vida, ser libres es poder caminar tranquilo por la calle comiéndote un helado o cogiéndole la mano a tu novio o a tu novia sin miedo a ser discriminados, libertad es decidir salir un sábado cualquiera, a las 5:30 de la tarde, a sentarte en un parque a tomarte una cerveza y observar los caminantes.

Libertad también es poder expresar lo que sientes y piensas, escuchar música en tu casa al volumen que se te plazca y andar en boxers; es coger un avión a cualquier lado, en cualquier momento y tomarte un descanso bien merecido… O al menos, es lo que nos han dicho que es la libertad, pero, ¿realmente es así?

Quizás durante el viaje no puedas sacarte de la cabeza a tu ex y veas más veces el celular esperando su mensaje que los caminos nuevos que estarías recorriendo. También es posible que estés intranquilo mientras te tomas la cerveza después del trabajo porque sabes que tienes una cuenta emocional pendiente con tu padre.

Es probable, igualmente, que el sábado en la noche el mero hecho de quedarte en casa solo, viendo películas o cocinando algo para ti, signifique un terror absurdo, un miedo al abandono, una necesidad imperiosa de salir a cualquier discoteca o bar, preferiblemente el de moda, sin repetir ropa, para estar con tus amigos, esos de quienes muy en el fondo dudas que sean tan incondicionales como aparentan.

Quizás no seamos tan libres como creemos, nos sembraron una idea de libertad que defendemos a capa y espada, en cualquier momento y lugar, dispuestos siempre a proteger nuestro soberano derecho a ir y hacer lo que nos plazca en el momento que se nos cante, pero… ¿qué tan libres somos de nosotros mismos?

Los estoicos en Occidente y el budismo desde Oriente tienen muchas claridades al respecto: libertad es liberarse de las pasiones. Simple y eficaz, ¿sencillo? No tanto, es cierto. Para los pensadores de la antigüedad, la libertad se alcanza únicamente cuando logramos zafarnos de nuestras propias trampas, especialmente de las emocionales. Esto nos hace reconocernos como prisioneros de nosotros mismos, y en primera instancia, indefensos a nuestra propia naturaleza.

Por eso es importante, en primer lugar, aclarar el concepto de “pasión”. La mayoría de las personas lo asocian con erotismo o con una fuerte emoción que se siente por algo en específico y que termina ligando de manera profunda al sujeto con el objeto o acción en cuestión. No obstante, pasión según la RAE viene del griego páthos, y su significado es: “Acción o efecto de padecer”. Padecer, a su vez, significa “Sentir física y corporalmente un daño, dolor, enfermedad, pena o castigo”. Es decir, una pasión es algo que se padece, que se sufre.

Así, vale la pena hacerse la pregunta: ¿qué tan libres estamos de nuestras pasiones? ¿qué tanto hemos logrado sobreponernos de manera efectiva y sana a nuestras caídas? ¿qué tanto o qué tan poco nos importa la opinión de los demás? Es una realidad que vivimos en función de los otros, sufriendo a cada instante por una palabra bien o mal dicha, por una mirada inquisitiva, o un signo de aprobación que nos dé la seguridad que tanto necesitamos.

Por lo anterior, vamos construyendo nuestra propia identidad alrededor de los comentarios de afuera, lo cual nos ha dejado un universo plagado de seres inseguros, buscando aceptación a cada instante y haciendo todo lo posible por adquirir el reconocimiento que les falta para darle sustento a sus gastados (o inexistentes) pilares interiores.

En resumen, hoy, en pleno siglo XXI, somos más esclavos que nunca de nuestras inseguridades, trabajamos y vivimos para no ser presa de nuestros miedos más profundos, los cuales mantenemos aplacados cumpliendo el checklist que nos impuso el afuera, y caminamos por ahí jurándonos libres cuando no hemos caído en la cuenta de que estamos en una jaula de oro, hermosa, pero jaula al fin de cuentas.

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