La religión, así como la política, históricamente es un antro de putrefacción e inmundicia del que pocos se atreven a hablar por miedo a tocar lo que consideran “sagrado”. A la hora de hablar de políticos corruptos no nos tiempla la mano, somos capaces de acusarlos de ladrones, asesinos y engañadores pero cuando es un líder religioso corrupto usualmente callamos o usamos argumentos ridículos como “dejemos todo en las manos de Dios” o “Dios es el que juzga”.

Lastimosamente las personas que asisten a las iglesias han convertidos a estos ídolos de carne y hueso en personas intocables, impolutos como diría un expresidente Colombiano. Muchos creen que si hablan de estos “hombres y mujeres de Dios” les pueden venir maldiciones y castigos de Dios, porque es peligroso hablar mal del “ungido de Dios”.

Y gracias a esa complicidad de los feligreses es que estos lobos con piel de oveja siguen haciendo de las suyas. Y son tan descarados como el reciente caso colombiano del pastor Arrázola de hacerse las víctimas diciendo que son perseguidos por su fé.

Perseguidos por su fe los cristianos de países musulmanes que pueden llegar a ser ejecutados por ser cristianos pero estos ladrones que se enriquecen con la ignorancia de la gente no son perseguidos, de hecho tienen tantos privilegios que pueden salir a predicar cuanta estupidez se les ocurre y ningún gobierno los censura, ni siquiera les pone límites.

Acá en Colombia tenemos una serie de pastorzuelos que salen con cualquier “revelación divina” y llenan bodegas de gente que cree estar recibiendo el toque divino. Pastorzuelos que dicen hacer milagros acompañados de luces, cámaras y todo un show de buena música y testimonios de supuestos milagros que redundan en jugosos donativos de los crédulos asistentes. ¿Por qué no van a los hospitales a orar por los enfermos? ¿Será porque saben que allá es más difícil sugestionar a la gente?




Y ni hablar de los pastorzuelos que dicen profetizar, siempre prometiendo prosperidad a los ingenuos. Sus profecías son basadas en el sentido común, le dicen a alguien sin empleo que Dios le va a dar un trabajo. Wow, ¡qué novedad! Y lo peor es que la muchedumbre cree cuando les dicen cosas que son tan obvias (mis hermanos, yo les profetizo que este artículo será muy polémico, verán que se cumple mi predicción, aleluya).

Los otros pastorzuelos son los que se la pasan peleando con el diablo, prometiendo liberar a la gente de los demonios (como el de la homosexualidad, del cual he sido poseído) y de todo lo que supuestamente viene del reino del mal, censuran. Ellos le dicen a la gente que hacer y qué no hacer. Como el mal llamado concejal de la familia pidiendo a los padres que no lleven a sus hijos a ver “La bella y la bestia” porque tiene ideología de género (y yo que de niño me la pasaba viendo programas de televisión de contenido bíblico como el Superlibro y aun así soy gay, pastorcillo Marco Fidel).

También hay pastorzuelos más sofisticados, esos son los que engañan mejor, posan de coach o motivadores personales. Cuentan historias inspiracionales que le sacan risas o lágrimas a la audiencia y que los hacen sentir muy cómodos, usualmente evitan hablar de cosas sobrenaturales porque sus predicaciones parecen ser más realistas y humanas. Enseñan los diez pasos para tener un hogar feliz o como controlar las emociones, prometiendo a los incautos una autorrealización que a la final resulta una completa farsa que los deja más frustrados con su vida porque nunca es tan exitosa como la de estos depredadores, digo predicadores.

Lo triste de todo es que los feligreses son los principales responsables de este engaño: por borregos, por no leer e investigar, por no pensar por sí mismos y ser críticos. Porque le creen a cualquiera que les promete una mejor vida y les venden un ideal que ni ellos muchas veces obtienen en sus vidas excepto uno que siempre logran: tener mucho dinero, porque ese mis queridas ovejas tontas es el dios de muchos pastorzuelos que andan por ahí.

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