Cuando estaba haciendo mi maestría en Estados Unidos, fui a una fiesta que se había organizado para los estudiantes de mi universidad. Durante la misma época inicié a tomar hormonas y a dejarme crecer el pelo.

Me ponía muy nerviosa la interacción con mis compañeros de clase porque no quería incomodarlos. La saludada me ponía a sudar las manos y el corazón a mil: a todas mis amigas las saludaban de pico y a mí muchas veces me saludaban de lejos o me daban la mano. Otras veces, yo misma era la que no sabía manejar la situación y prefería volear la mano desde lejos.

En la fiesta, un man y yo nos empezamos a coquetear y cada vez bailábamos más cerca. Yo sentía que levantarme a un man delante de mis compañeros de clase -unos muy cercanos y otros godos insoportables y recalcitrantes- me validaba como mujer: Vean que si parezco una mujer y hasta me levanto manes lindos. Las voces de la ansiedad empezaban a hablar cada vez más duro en mi cabeza: ¿será que este man sabe que soy trans? Él era todo un príncipe azul: era buena gente, tierno y atento conmigo. Además, daba unos besos deliciosos.

Empecé a hacerle preguntas indirectas para tantear terreno, sin que mi pregunta sonara muy directa: ¿Eres activo? El me respondió en español y con acento de gringo: “lo que tu quieras mamasita”. Seguimos bailando. Algo me decía que el tipo sólo quería sexo y que me estaba diciendo que si a todo de forma condescendiente, pero sin escucharme. Entonces, insistí con otra pregunta: ¿te gusta hacer de pasivo? A lo que él volvió a responder (con mayor seguridad): “lo que tu quieras mamasita”.

En medio de mis inseguridades, yo juraba que todavía me veía súper masculina y que no me veía lo suficientemente femenina para ser reconocida como mujer. Creía que él ya había armado el rompecabezas solito en su cabeza, después de corroborar mi apariencia física con mis preguntas. Pensaba que, como llevaba pocos meses en hormonas y el pelo no tan largo todavía, yo aún no era percibida como una mujer para los ojos de la mayoría.

Pero pensé que, como buena ansiosa, eran paranoias mías injustificadas y que debía simplemente aprender a relajarme. Me repetía una y otra vez que podía estar tranquila porque le había hecho, no sólo una, sino dos preguntas y a las dos él había respondido de forma clara que yo era la que iba a decidir eso. Decidí relajarme y entre besitos en el cuello, mordiditas allí y acá, respiraciones agitadas en el oído y halagos; se fue calentando el parche y decidimos irnos para mi casa en su carro.

En el camino, él hizo algunos comentarios sobre los gays (si la memoria no me falla) que me hicieron volver a dudar. Entonces, decidí hacerle una pregunta más directa: ¿Has salido con mujeres trans antes? A lo que él respondió asustado y asqueado, mientras aceleraba cada vez más rápido: ¡HEEELL NO!

Apenas estábamos cerca a mi casa, le dije que yo era trans. Su reacción inmediata fue brusca: me mandó la mano a la verga. Me asusté mucho y apenas paramos le quité el seguro a la puerta y me empecé a bajar lentamente y con cuidado. No quería enfurecerlo más. En ese momento se calmó y me dijo que bueno, que listo, que ya estábamos ahí y que yo le atraía. Me dijo que subiéramos a mi casa y que en el camino íbamos decidiendo. Yo acepté.

Empezamos a besarnos, pero ya no me sentía besando el mismo galán que había conocido en la fiesta. Ahora, él era más brusco e impositivo. Yo lo percibía como si él me estuviera demostrando que no era ni gay ni menos hombre y, en ocasiones, sentía que me estaba castigando. Por ratos quería parar y decirle que se fuera de mi casa, pero como él se iba poniendo cada vez más mandón y agresivo, prefería no hacerlo. Entre el susto, la incertidumbre de lo que iba a pasar, la necesidad de que un hombre me validara mi inseguridad de sentirme como una mujer “del todo” y la culpa de haber sentido que había engañado a un pobre tipo que qué iba a saber que yo era trans, nunca dije que quería parar.

Aunque nunca hubo penetración, el sexo cada vez se iba poniendo más violento y agresivo. De lo que más me acuerdo, es que en un momento mi cara estaba contra el piso y con un brazo medio doblado en mi espalda. Yo sólo quería hacerlo venir, hacerme la que todo me arrechaba para no sacarle la rabia y que él, finalmente, se fuera de mi casa. Lo masturbaba y se lo mamaba de las formas más creativas y deliciosas porque quería hacerlo venir rápido.

“Si él me lo mete, y como ya lo he pajeado mucho, seguro no se va a demorar mucho viniéndose y me dolerá menos”, pensaba.

Cuando sentí su semen caliente encima mío, sentí un alivio gigante. Él se vistió y se fué.

Todavía me pongo nerviosa cuando me echan los perros porque nunca sé cómo puede terminar todo. Sin embargo, creo que sigue valiendo la pena creer en el amor, en la posibilidad de ser deseada y amada. Muchas veces me siento en el falso dilema de la violación y la minifalda: Obvio que no es culpa de las víctimas por ponerse minifaldas, ni por caminar en lugares solitarios tarde en la noche, ni por haber tomado mucho. Nunca es culpa de la víctima. Pero, por otra parte, las mujeres evitan caminar solas, a altas horas de la noche, borrachas y en minifalda para protegerse de la violencia sexual.

Intento vivir la vida común y corriente, pero es inevitable que se me prendan mil alarmas de peligro cuando me echan los perros.

No creo que las personas trans tengan la obligación de estar declarando en público que son trans, pero al mismo tiempo, como no queremos que nos violen ni que nos maten, sentimos que debemos hacerlo para protegernos.

Además, como si fuera poco, los asesinos de mujeres trans suelen argumentar en las defensas legales que es que lo que pasó fue que a ellos los engañaron. Claro, porque aún se tiene el prejuicio de que ser una mujer trans es un disfraz que tiene como objetivo engañar a la gente para que no se den cuenta que somos hombres. Como lo mencioné en una columna de VICE Colombia titulada “No tenga miedo de enamorarse de una trans”, “la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) reportó en su Informe de Violencia contra personas LGBT en América del 2015 que, en ocasiones, cuando las personas son acusadas de matar a una persona trans, la defensa ha argumentado “defensa del pánico trans” para alegar “locura o capacidad disminuida, justificación de provocación, o fortalecer su caso de legítima defensa”. Consiste en “justificar el asesinato argumentando que la violencia fue incitada porque el perpetrador se dio cuenta de que la persona con la que estaba teniendo, o iba a tener, un encuentro o relación sexual era trans”.

En las discotecas y bares o cualquier otro lugar público donde se supone que las historias de amor empiezan por accidente, el peaje que aún tenemos que pagar las mujeres trans es el sentimiento de miedo, auto-vigilancia y probablemente mayores probabilidades de experimentar violencia física y sexual.

Este costo no solamente nos lo hacen pagar nuestros agresores.

La sociedad, con sus prejuicios y estereotipos sobre nosotras y nuestras parejas, es el lugar donde se prepara el caldo de cultivo que permite y legitima nuestros feminicidios. Por eso, hay que pensarlo dos veces antes de burlarse del amigo al que le gustan las trans o de decirle que es menos hombre o más maricón si se fija en nosotras. No sólo por lo ridículos que suenan y se ven, sino también porque están poniendo en peligro nuestras vidas y nos están negando la posibilidad de sentir orgasmos, suspiros y tusas. Los corazones, anos y genitales libres y aventureros ya la tienen lo suficientemente difícil en el mundo del sexo y el amor: Ya tienen suficientes tragedias ¿Por qué agregarle más drama? ¿Por qué no relajar más la nalga y disfrutar?

ILUSTRACIÓN: thetimes.co.uk

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