Este texto hace parte de una serie de relatos de diferentes personajes que, antes del ’91 en Colombia, ya vivían una sexualidad diversa, en medio de vicisitudes que, tras el propio reconocimiento de su identidad, debían luchar contra el rechazo, la discriminación y la persecución, porque así lo dictaba la ley y la moral.

Aunque la historia es mía, quiero empezarla por mi mamá. Ella, como casi todas las madres paisas, fue una mujer abnegada, reprimida y deprimida. Una mujer muy amorosa con sus dos hijos, pero maltratada por su esposo, mi padre. Soy el mayor de dos hombres y desde muy temprana edad me di cuenta que me gustan los chicos y ella también lo sabía, pero nunca hablamos de eso.

No tenía la suficiente confianza para hablar con ella sobre mis preferencias, pero tampoco lo vi necesario, sentía que dábamos por hecho que así era, aunque eso no quiere decir que no habláramos de otras cosas. De hecho, a pesar que los dos éramos muy retraídos, podíamos pasar la tarde juntos, metidos en la cama, hablando de casi cualquier cosa. La menciono a ella porque fue la primera persona que sacó la cara por mí, a pesar de las circunstancias.

Aunque me reconocí como homosexual desde muy jovencito, siempre fui discreto y no salí del clóset hasta muy grande porque era un tema que me daba pánico, tanto por la sociedad como por mi padre, porque sabía que él, siendo tan violento, como mínimo me iba a sacar de la casa con lo que tuviera puesto.

Estaba cursando mi último año de bachillerato, quedaba poco para terminarlo, así que en una de esas llevé a casa a un compañero a realizar algunos trabajos pendientes. No éramos muy buenos amigos, pero sí teníamos confianza como para compartir algún almuerzo y, obviamente, hacer juntos las tareas escolares.

No recuerdo con lujo de detalle cómo fue que pasó, pero entre tarea y tarea terminamos dándonos un beso. Era mi primer beso y no sé si el suyo también. Creo que duró muy poco, no lo alcancé a disfrutar, porque en el momento en que nuestros labios se juntaron y mis brazos rodearon su torso, sentí un fuerte golpe en la cabeza. Era mi padre, violento como siempre.

Intenté salir corriendo, pero con fuerza me agarró, con su puño me reventó la boca y llevándome en brazos, fue hasta la cocina y con más rabia que fuerza puso mis manos en el fogón. En aquel entonces no eran de gas como los de ahora, se usaban los que denominábamos “de parrilla”, era una espiral de no sé qué material, pero era como un hierro incandescente, al rojo vivo. Vi pasar mi corta vida en segundos, porque nunca había sentido tanto dolor físico. Fue mi madre, la misma que nombré al inicio de esta entrevista, la que me salvó de aquel hombre.

Al día siguiente, casi con la misma ropa que teníamos puesta, nos fuimos de casa para nunca más volver.


Este artículo hace parte de un trabajo de redacción realizado por el autor resultado del Diplomado de Periodismo para la Diversidad: Historias No Contadas “Narrando desde otro punto de vista”, iniciativa creada por egoCity con la Secretaría de Comunicaciones de la Alcaldía de Medellín y la certificación de CEDENORTE Institución Técnica, para la visibilización de los sectores poblacionales LGBTI de Medellín.

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