Fue algo así como: “Lamento decirte que el examen salió positivo, tienes VIH”, y dejé de escuchar por un momento.

Como si me hubieran dado un golpe seco en la cabeza que me dejó aturdido. Veía borroso y me sentía perdido.

Mientras la psicóloga me hablaba y me explicaba que mi vida no tenía por qué cambiar, yo hacía un listado de las cosas que ya no iba a poder hacer. Sexo, por supuesto, fue lo primero que se me ocurrió. Tener hijos, hacer deporte, tomar suplementos, fumar o emborracharme y salir. Hasta sentí que no podría volver a marchar porque el gas lacrimógeno me podría matar.

Incluso recuerdo pensar que ya no podría donar sangre, cuando antes no lo había siquiera considerado. Es curioso, como la imposibilidad de realizar una acción de inmediato te da un deseo incontrolable de hacerlo.

Lloré, sí, y ella me pasó unos pañuelos e intentó calmarme. No había problema, igual no iba a salir con lágrimas en los ojos a la sala de espera donde estaba mi mejor amiga. Lloré, de nuevo, cuando la vi y no fui capaz de decir en voz alta los resultados de los exámenes.

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Mi amiga me acompañó mientras me explicaban los pasos a seguir para ingresar al programa, pero yo no ponía mucha atención. Lo que más me dolió en ese momento fue hacer parte de una estadística. Otro marica con VIH, ¡vaya sorpresa!. Me reproché el darle la razón a tantos homofóbicos que dicen que todos los homosexuales nos vamos a terminar infectando. ¿Ya qué les podría decir? Decepcionante.

Esa primera noche fue extraña. Estaba agotado porque el día anterior no dormí de los nervios, mi cabeza no me dejaba descansar. Principalmente porque estaba ansioso de empezar el tratamiento lo más pronto posible, pues sentía que cada hora que pasaba sin tomar la medicina iba a tener efectos catastróficos contra mi salud. Dormir seguramente iba a ser perder el poco tiempo que me quedaba.

Es que si tuviera que resumir ese montón de emociones del día uno, lo haría con un reloj en cuenta regresiva, porque fue la idea que predominó desde que escuché el diagnóstico. Un gran reloj encima de mi cabeza en el que se restaban los segundos con una velocidad incontrolable.

El tiempo, el tiempo, el tiempo. ¿Cuánto tiempo perdí por una follada? Por un lado creí que era triste que una persona con 21 años recién cumplidos se hubiera contagiado, por todas las cosas que ya se iba a perder. Que al menos hubiera pasado a los 30, aunque a su vez alguien tan grande debía saber cuidarse. ¿No le daría vergüenza?

Por el lado que me acerca al tema, siempre lo hacía a manera de reproche, de castigo, de señalamiento. El juzgamiento más duro vino de mí y me di cuenta de la cantidad de prejuicios que tenía contra los seropositivos, a quienes siempre vi como inferiores, porque a mí no me iba a suceder, porque yo sabía mejor.

Puede que así no hayan recibido la noticia las 36,7 millones de personas que según ONUSIDA viven con el virus, pero fue lo que viví y lo que otro pudo haber experimentado. O como de alguien que supe que decidió encerrarse en su cuarto y esperar a que el virus acabara con él, o como un joven que conocí que tuvo que dejar su pueblo por amenazas.

Por todo esto es que es necesario tener un espacio en el que hablemos abiertamente de lo que es vivir con VIH, ya que si bien tenemos la misma condición, nuestras experiencias son disímiles. Tener información a la mano y hablar del tema con completa naturalidad, puede significar la diferencia entre la vida y la muerte para alguien.

VIH

Una vez, una periodista llamada María del Mar Ramón escribió que “lo personal es político y también es colectivo”, en un artículo en el que reflexionaba sobre si el periodismo se debería escribir en primera persona.

Bueno, mi nombre es Miguel Ángel López y ya hace cuatro años que recibí mi diagnóstico como VIH positivo y voy a aportar a que esto sea un tema que dure más que los especiales el 1 de diciembre.

 

 


 

ROJO será un espacio en el cual egoCity le apuesta a la información como la principal arma en contra del estigma. Como hasta el momento ha primado que las personas que lo tenemos lo callamos y los que están en riesgo, que es cualquier persona, prefiere no saberlo, como si eso fuera igual a no tenerlo.

Varios son los estudios que han demostrado la importancia de un diagnóstico oportuno, para la salud del paciente y de sus parejas. Con la medicina que tenemos hoy en día, una persona con VIH puede alcanzar fácilmente el nivel de indetectable y así no transmitir el virus, pero incluso eso no todos lo saben.

Por eso solo persiste el temor. El miedo a que me rechacen, a que me infecte o hasta que atenten con mi integridad física o moral. Pero hasta aquí llega este terror.

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