Este texto hace parte de una serie de relatos de diferentes personajes que, antes del ’91 en Colombia, ya vivían una sexualidad diversa, en medio de vicisitudes que, tras el propio reconocimiento de su identidad, debían luchar contra el rechazo, la discriminación y la persecución, porque así lo dictaba la ley y la moral.

Yo nací en marzo de 1972, así que antes del 91 ya tenía 18 años y era gay. En mi casa todos lo sabían y hasta me apoyaban. Mi madre dice que desde que era muy niño ya se me notaba en muchas cosas, incluyendo la quebradita de mano y de cintura. Así que eso de salir del closet, al menos con mi familia cercana, no fue tan difícil.

Soy el hijo del medio, de una familia de tres hermanos. El mayor también es hombre y la menor es una chica, a la que le llevo solo un año. En aquel entonces, tanto ellos como mis padres, comprendieron mi sexualidad, así que no tenía que esconder mis preferencias.

Mi padre no me permitía llevar el novio a la casa, pero no porque fuera gay, ya que a los otros dos también se los tenía prohibido, entonces a los tres nos tocaba hacer visita en la calle o de escalera, como le decíamos antes, pero con una diferencia muy grande: Andrea y Juan podían hacer ese plan en cualquier lado, ya sea en la acera de la casa, en las escaleras, en la esquina o en el parque. Podían estar con sus parejas, pasar la noche besándose, acariciándose o hablando. En fin, podían hacer todo lo que en ese tiempo hacían las parejas de jovencitos, pero yo no.

La discriminación era evidente, se respiraba por todos lados. Los más “respetuosos” se reían a escondidas de uno, los más “honestos” se te burlaban de frente. El caso era que siempre terminabas siendo el hazmerreír de alguien en el mejor de los casos, porque en los otros podías ser violentado físicamente, amenazado y hasta desterrado, porque supe de mucha gente que la hicieron ir de sus propios barrios por ser maricas, aludiendo a que era un barrio decente, porque no aceptaban degenerados.

El caso es que para poder vivir mi relación con cierta calma debíamos recurrir a los rastrojos. Muy cerca de donde yo vivía había muchos lotes baldíos, terrenos que no estaban construidos pero que tenían dueño, porque la ciudad apenas estaba empezando a crecer. Así que ya teníamos nuestro lote favorito, al que íbamos casi todas las noches a compartir un rato en pareja. La gente, bastante venenosa, decía que nosotros íbamos a tener sexo o, como decíamos vulgarmente en aquel entonces, a pichar.

¿Pero sabes a qué íbamos? Frecuentábamos esos lugares simplemente para darnos amor, para tomarnos de la mano, para besarnos, para mirar las estrellas y contarlas, para decirnos lo mucho que nos queríamos. Y no, no teníamos sexo y no porque no quisiéramos, sino porque considerábamos que ese no era el mejor lugar para hacerlo, así que allí solo compartíamos como pareja, como novios, pero teníamos que escondernos para hacer lo mismo que las parejas heterosexuales hacían a plena luz del día y en cualquier parte.

Recuerdo una vez… Era fin de semana, un diciembre, nos encontraríamos como lo hacíamos regularmente, ya estábamos por ir a ‘rastrojear’ cuando vimos el lote totalmente deshierbado, todo limpio, sin un lugar donde escondernos. Tuvimos que buscar otro lugar para nuestro encuentro o la cita sería imposible. Al otro día me enteré que un vecino, bastante homofóbico y atarbán, dijo que había limpiado el lugar porque no quería que su hijo, de unos diez años de edad, tuviera que presenciar eso que nosotros hacíamos.

¿Y qué era eso? Ya te dije que simplemente amor, una cita, un romance. Como cualquier pareja nos dábamos regalitos y ahí los compartíamos: chocolatinas, yogures, cartas, esquelas, etc. Pero supongo que eso era mucha desviación para el viejo que nos prohibió manifestarlo, así fuera a escondidas.

Pensar en ir a motelear era casi imposible, no solo por el aspecto económico, porque ambos dependíamos de nuestras familias, sino por la discriminación. Que dos hombres entren o salgan de un motel, e incluso un hotel, era un asunto que nadie jamás podía presenciar, eso estaba prohibido para nosotros, así que las relaciones sexuales no eran pan de cada día, porque no teníamos espacios; así que siempre, incluso con miedo de recibir como mínimo una pedrada, seguíamos recurriendo a los rastrojos, para poder sobrellevar a medias una relación afectiva entre dos personas que se profesaban amor.

Mucha gente en la cuadra ya sabía de nuestra relación, aunque él viviera en el barrio contiguo. Uno creería que entre más sepan mejor, porque así no te tienes que esconder, pero la realidad es muy diferente. La gente esperaba que uno se comportara como “hombre”, que si no le gustaban las mujeres al menos no demostrara en público que le gustaban los tipos. ¿Nunca le escuchaste decir a alguien eso de ‘no me importa que sea gay o lo que quiera ser, desde que no se meta conmigo yo lo tolero’? Pues bueno, para la mayoría ‘meterse con ellos’ era incluso agarrarnos de la mano si caminábamos por ahí, porque si no aceptan que una pareja se tome de la mano, imagina lo que pasaría si te ven abrazando o besando. Si al día de hoy se escandalizan, ya te podrás imaginar cómo era hace más de veinte años.

Entonces nuestra única opción era, al no ser independientes económicamente, escondernos por ahí en los rastrojos. Y te digo que eso no era problema, porque uno se termina acostumbrando y, no sé si sea pajazo mental, hasta romántica se volvía la cosa. El problema era la policía, porque siempre estaba pendiente. No sé si es que los vecinos los llamaban o antes eran más “eficientes”, pero cuando llegaban al barrio empezaban a rondar. A veces iban con linternas y buscaban, otras veces simplemente tiraban piedras. Si nos encontraban nos sacaban y no lo hacían de buena manera, porque era a gritos, patadas e insultos. Una vez, sin darnos cuenta, empezaron a tirar piedra y le pegaron con una a mi pareja; los dos salimos muy asustados y él con la cara muy ensangrentada, pedimos ayuda, ellos nos miraron y entre burlas nos dijeron: ‘eso es para que se vuelvan hombres’.

La verdad es que yo celebro que los jóvenes de ahora puedan vivir sus relaciones de manera más abierta, que se puedan ennoviar, dar afecto, amor y cariño en cualquier parte. Me da envidia, aunque de la buena, porque me hubiera gustado vivir esos primeros amores de adolescencia con mucha intensidad, presumiendo mi relación, mostrando que soy feliz, o incluso infeliz, gracias a las relaciones de pareja, pero mostrándolo sin miedo al rechazo, a la burla o a una pedrada que te deje marcado para toda la vida.


Este artículo hace parte de un trabajo de redacción realizado por el autor resultado del Diplomado de Periodismo para la Diversidad: Historias No Contadas “Narrando desde otro punto de vista”, iniciativa creada por egoCity con la Secretaría de Comunicaciones de la Alcaldía de Medellín y la certificación de CEDENORTE Institución Técnica, para la visibilización de los sectores poblacionales LGBTI de Medellín.

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