Este texto hace parte de una serie de relatos de diferentes personajes que, antes del ’91 en Colombia, ya vivían una sexualidad diversa, en medio de vicisitudes que, tras el propio reconocimiento de su identidad, debían luchar contra el rechazo, la discriminación y la persecución, porque así lo dictaba la ley y la moral.

¿Escuchaste decir, sobre todo a los homófobos, que nosotros somos así porque quizá nos violaron de niños? Bueno, yo lo he leído mucho, sobre todo en las discusiones que se dan en redes sociales, cuando sale alguna noticia sobre la población LGBTI en medios masivos y a la gente le da por comentar.

Nací en el año de 1964 y nací muy gay. Lo oculté por mucho tiempo y tuve que perdonarme por haber hecho tal cosa, pero para aquel entonces, en mi pubertad, no había garantías para uno salir del closet y asumirse como quería. En mi casa mi padre era violento y mi madre una mujer sumisa, así que allí se hacía lo que él dictara y si era que a mí me tenían que gustar las mujeres entonces había que sentirlo, porque era su voluntad.

A la primera persona que le conté fue a mi madre, porque tenía más afinidad con ella, porque era tranquila, porque también era víctima. Fue un secreto para los dos, porque le pedí que no le dijera nada a mi padre o a alguien más. A mí me daba vergüenza, porque no me había asumido del todo, pero también siento que soy víctima, porque no había políticas, ni leyes, ni moral, ni ética que nos diera condiciones para ser. Soy de una ciudad pequeña, de Armenia, y en aquél entonces la gente todavía era muy conservadora, así que para los ojos de los demás yo era simplemente un chico tímido, al que no se le daban bien las relaciones afectivas con las mujeres.

Salí de mi casa a los veintidós y la ciudad de destino fue ésta, Medellín. Tenía pocos recursos, pero una prima me patrocinó el viaje. No pasó mucho tiempo para que me fuera a vivir con un chico que conocí gracias a ella. Pagábamos una modesta pieza y allí nos las arreglábamos para vivir. Él fue mi primera pareja y por fin pude, al menos dentro de la intimidad del hogar, ser yo.

Ambos trabajábamos, aunque como era mi primer empleo formal sólo pude conseguir algo de medio tiempo en lo que antes llamábamos granero, que es como la tienda de barrio, pero enfocada un poco en vender cereales a granel, porque no era tan común que cosas como los fríjoles, el azúcar, lentejas y demás alimentos vinieran empaquetados, así que uno vendía por gramos o libras. Iniciaba labores a medio día, entonces en la mañana me dedicaba a organizar un poco la pieza, ya que él a esa hora estaba en sus labores, que eran diferentes a las mías.

No recuerdo por qué, si fue por el cuento de la guerrilla o el narcotráfico o alguna ley específica, pero era muy común ver en los barrios que tanto ejército como policía entraran casa por casa haciendo requisas. Cuando lo hacían revisaban por todos lados, por cuanto rincón había. Dejaban todo desorganizado, porque la inspección incluía desbaratada de cama y desarmado de gabinetes. Era muy normal, la gente no decía nada y era cosa de todos los barrios, o al menos de los barrios pobres que yo conocí.

El caso es que, en una de esas, llegaron a la pieza dos policías a hacer su respectiva requisa y aunque yo no tenía nada que ocultar si me molestaba porque dejaban todo desorganizado, más cuando yo era de los que me levantaba a dejar todo limpio, incluso antes de desayunar.

Obviamente no encontraron nada raro, pero aun así me pidieron que los acompañara a la patrulla. Al principio me rehusé, porque me dio susto, además no había justificación alguna para hacer tal cosa, pero se estaban poniendo violentos y eso me descompone, así que para evitar problemas lo hice. Nadie vio, porque no hice escándalo y, como te dije antes, porque era muy común ver entrar y salir al ejército y policía de las casas, así que eso no irrumpía con la cotidianidad.

Me subieron a la patrulla, les pregunté varias veces por qué me llevaban, que cuál era mi delito. Arrancaron el carro y unas cuantas cuadras más arriba pararon, en una de esas canchas de barrio que todavía eran de polvo. Se dijeron algo al oído y… bueno, me amenazaron.

Uno de ellos, el que no conducía, sacó su pene del pantalón y me obligó a que me lo metiera a la boca. Desenfundó su arma y me apuntó, así que lo único que pude hacer fue, aparte de llorar, hacer lo que ese sujeto me pedía. No sé cuánto tiempo estuve ahí, pero cuando no quiso más me pegó con su pistola en la cabeza y me dijo: ‘no se queje, pa’ qué le gusta ser marica’.


Este artículo hace parte de un trabajo de redacción realizado por el autor resultado del Diplomado de Periodismo para la Diversidad: Historias No Contadas “Narrando desde otro punto de vista”, iniciativa creada por egoCity con la Secretaría de Comunicaciones de la Alcaldía de Medellín y la certificación de CEDENORTE Institución Técnica, para la visibilización de los sectores poblacionales LGBTI de Medellín.

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