Esas fueron las últimas palabras que crucé con vos, o que vos cruzaste conmigo, para sellar por completo mi decisión de terminar nuestra relación.

Curioso, porque si mi memoria no me falla fue por estas fechas, hace un par de años, que las dijiste.

Desde entonces me tomó un tiempo comprender cómo pudiste cruzar esa línea. Cómo un hombre con el que compartí tanto amor podía atacarme de esa forma. Cómo el mismo hombre que me acompañó la primera noche que tomé antirretrovirales cuidando mis mareos y alucinaciones ahora deseaba que volviera al punto cero. Cómo, después de querer mi bienestar, ahora pedías mi enfermedad.

Luego lo comprendí. Entendí que se trataba de un grito de frustración porque en el fondo estabas seguro que yo no me iba a ir a ningún lado. Que yo, que cargaba un signo positivo, solo iba a recibir negativas de los demás, por lo que si yo no estaba con vos, no iba a estar con nadie y que eso me iba a llevar a aguantar los abusos de tu parte.

Más importante fue aprender que en el fondo yo también lo pensaba. Vos habías sido la única persona con la que había tenido algún tipo de relación, física o sentimental, desde mi diagnóstico y tenía miedo, mucho miedo. ¿Había sido solo suerte encontrar a alguien que tuviera una relación con una persona VIH positivo?

Vaya que te equivocaste y que me equivoqué, sobre todo cuando dijiste que deseabas que me “pegaran” algo más y reiteraste el asco que te daba. No era amor lo que había ahí, era simplemente una relación de poder sobre mí y tuve que acabarla para conocer que había mucho más ahí afuera.

Sí, ésta es una carta abierta, pero no va dirigida a vos, sino a todas las personas que en mi condición sienten miedo de amar, de tocar, de desear, de disfrutar. A todos los que viven con este virus que, aparentemente, nos debe hacer sentir eternamente agradecidos porque alguien se “arriesgue” a amarnos, tocarnos, desearnos. No es así.

Vos, que acabaste de recibir el diagnóstico. Vos, a quien esa persona te dejó de hablar después de conocer que eras positivo. Vos, a quien aguantas que alguien te bese con tanto miedo que sus labios escasamente aprieten los tuyos. Vos merecés más.

Merecés que alguien te dedique una canción que diga “no es tu signo positivo el que invierte en conflictivo las cosas del querer”. Merecés a alguien que cuando les cuentes de tu condición, te bese y te abrace con más fuerzas. Merecés a alguien que te sorprenda con una carpa armada con sábanas en la sala y una botella de vino.

Ni vos, ni yo, ni nadie que viva con VIH tiene porque conformarse con alguien que aparentemente esté bien con tu condición, pero a la final lo use para manipularte. No merecés a alguien que se avergüence o se deje llevar por su miedo infundado y basado en la información que se niega a recibir.

Tampoco creás que porque un día quiso estar ahí para vos, le debés un favor que te hizo. Nosotros no somos un caso de caridad, ni somos una medalla que alguien va a recibir por su filantropía. Somos personas que, como cualquiera otra, solo deben estar con alguien que nos ame, que nos respete, que nos vea como un igual y no como alguien inferior por traer un virus en su sangre.

Y sí, sé que es difícil, que hay momento de incertidumbre y de miedo. Pero es ahí precisamente cuando debemos entender que primero vamos nosotros y que construir una relación solo debe ser para estar mejor de lo que estamos solos.

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