Después de la epifanía inicial me alejó un poco de su rostro y me observo por segundos infalibles – ¿Dónde estuviste? ¿Por qué no dijiste adiós?- Todo estaba suspendido en el aire, y una especie de secuencia morbosa de anhelos y pensamientos me situaban más allá de toda razón –Jorge, mírame, mírame a los ojos. Si no te dije adiós fue porque no quería dificultarme las cosas- terminé y su brillo en los ojos desapareció.

Anterior a todo esto habíamos sido amantes, precisamente el 2 de febrero de 2009. Aquella fue nuestra primera vez, en nuestra congregación. Lo hicimos en el pequeño oratorio, habíamos esperado ese momento por igual pero ninguno lo quiso admitir. Su vestimenta tan formal e impecable me generaba nauseas, lo empezaba a odiar por desear acercarme a él, desconociendo que también me odiaba por el peligro que representaba en su vida. Arrojamos la Sagrada Biblia y demás ornamentos religiosos al suelo, nadie escucharía lo que sucedía porque los demás estaban en un retiro espiritual, lo carnal se había quedado en nosotros dos. Jorge estaba en Bogotá cuando se planeó el retiro, yo me había lesionado la espalda y guardaba reposo en compañía suya, quien no vio inconveniente en cuidar del enfermo, moribundo, ansioso y deseoso Daniel.

Cuando terminamos, fatigados por la algidez corpórea del momento, de un deseo reprimido, Jorge se recostó sobre mi pecho caliente, sin importar que parte de mi fruto vital estuviese tibio en su mejilla. Nuestra respiración era agitada y constante, mi cabello desordenado y el suyo también. De su cabellera rubia pequeñas gotas de sudor se destilaban y le recorrían la cara hasta terminar en su cuello, finalmente se mezclaba con el almizcle en mi pecho, tomó mi mano para entrelazar nuestros dedos y me pidió que hiciéramos un pacto de silencio: “Conservar en secreto cada caricia suya y mía, cada beso, cada comisura de nuestros cuerpos. Que todo desaparecería lentamente de nuestras pupilas, que todo se borraría de ambas memorias, que jamás ocurrió o sucedió nada, que todo comenzó y tenía que terminar ahí”.

Pero me consta que la piel tiene memoria y se encapricha fácilmente. Entonces le besé y su boca fue recíproca, todo concluyó con eso, un beso abrasador y pernicioso. Si su propósito era olvidar y dejar detrás todo recuerdo de lo que fuimos en solo horas, sugerí que decir adiós merecía una despedida de alto impacto, decir adiós a lo que es tan aberrante, como dos hombres, ojos verdes y avellana en la penumbra de la Congregación, sus labios gruesos, carnosos, los míos delgados pero salvajes, determinantes y decididos. Nos pasamos el vino de su boca a la mía y viceversa, jugamos con todo lo que estaba a la mano, Jorge parecía un pequeño diablillo. Nuestra tibia humanidad en la copa dorada fue desconcertante, bebimos de nosotros mismos prometiéndonos un silencio tan cruel y profano. El reto consistía en dejar atrás las emociones, pensar en un mañana separados.

No le hacíamos daño a nadie, ambos nos deseábamos a bocanadas inmensas.

Pero Hoy, uno sobre el otro. Los anhelos son una idea compulsiva que puede terminar en obsesión, en un pensamiento constante que revive en la mente a su manera y antojo, porque todo lo que ha sido bueno desea volver y eso es inevitable. Jorge recordaba “nuestra” promesa pero la idea de volver a tenernos le hacía un meollo en la cabeza. Su promesa le hacía creer que jamás estaría expuesto, y yo jamás lo expondría. Dentro de mí cabía la posibilidad de un segundo encuentro, tenía la certeza que vendría, que lo tendría entre mis sabanas y mi piel caliente, pero todo fue tan desapercibido que fui tomado por sorpresa, mi contacto con su piel me debilitaba la capacidad de pensar, toda mi piel era un miembro fantasma, otro miembro del cuerpo de Jorge, hacía conmigo –o hacía de mí- lo que le viniese en gana. Me percaté que mi ausencia, todo este tiempo, no le fue indiferente, que me extrañó tanto o más que yo.

5:00 a.m. Perdimos el control, ya nada importaba, había tanto por hacer y el alba estaba cercana, pero por hoy, solo por hoy, el alba y su gracia en el cielo perderían su encanto, pasaría desapercibida, porque Jorge estaba conmigo y eso representaba un todo. Para mañana él estaría bajo su voto de obediencia, creyendo y no refutar ninguna doctrina preestablecida, renunciando a lo que le importare y lo hiciere egoísta (yo…), reducir lo extraordinario de nuestros momentos a lo corriente. Hacerse parte de esa rutina desértica donde el amor es un milagro que se debe respetar y solo le merece al santísimo.

Pero mientras Jorge estaba conmigo, solo mientras tanto, “Amanecer juntos” abarcaría un acontecimiento definitivo.

-Daniel quería volver a verte… Tenía que hacerlo para estar seguro…- Fue su contundente confesión lo que me despertó del viaje astral-sexual al que me había llevado el alucinógeno en su saliva y su piel, poniéndome en alerta. Es que, no sé, ¿Cómo se dice lo que nunca se supone y se considera una posibilidad? Jorge no estaba hablando trivialidades porque sí, todo lo que me decía era una manera de acercarme a “lo nuestro” y despertar nuevamente mi interés en él, en lo que había sucedido hace más de un año, pero eso no era necesario, me tenía sobre él y nada más importaba. Su espalda bajo mi sombra, qué provocativa que era, marcada por el sol de mediodía, los pliegues en sus caderas, no pude contenerme y le abracé por detrás, apreté tan fuerte como pude. Sentí sus costillas, el bombeo en su pecho. Pellizqué sus tetillas mientras le mordía su espalda plagada de pecas, excitándole, poniendo en peligro el sueño de los otros. –No quiero que seas solo esto, te busqué porque te quiero a mi lado- sus palabras eran un puñal que quería dentro de mí, no asimilaba tan lejanas esperanzas, su día a día conmigo.

Me estaba hablando con el corazón y yo tenía mis neuronas calientes, estaba a punto de estallar, me vi como un semidiós queriendo desbordarse en una vía láctea. Enmudecí, necesitaba que terminara su discurso, ¡Quería coger! ¡Me quería dentro de él! todo él para mí, pero no sabía con certeza su relación actual, si sus votos espirituales hacia Dios se mantenían donde siempre estuvieron, o quizás yo, estaba ganando terreno, estaba arrebatando de las manos de Dios a uno de sus elegidos…

Espera la próxima semana la tercera entrega

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